La sociedad queda en estado de perplejidad al ver la sucesión de muertes que se suceden cada día sin que se atine al camino de salida. Pareciera un laberinto macabro que lleva siempre a una puerta final. Hemos llegado a percibir la violencia inmediata como un espectáculo lejano, y a pesar de que nos salpican las gotas de sangre, las vemos con distancia en imágenes digitales deseando que estuvieran más lejos. Cuando la violencia sacude la realidad de una persona o una familia, se termina esa distancia provocando un choque terrible; es entonces cuando mejor se entiende lo incongruente que resulta actuar privilegiando la percepción, en el plano de las imágenes y la formación de la opinión pública. El crecimiento de la violencia aparejado a la sofisticación del mundo virtual ha provocado que muchos recursos públicos en estos casos se gasten en atender las percepciones más que a las realidades de las personas concretas. Esta ola de violencia que provoca tantas ausencias finales es el problema público más importante que vivimos, por lo cual, a su solución merece dedicar la mayor cantidad de tiempo y recursos enfocados a las personas afectadas. Nada es más importante que el respeto a la vida y la dignidad. Viene al caso la reflexión en medio de las noticias sobre asesinatos de periodistas, de abogados, en medio de la mayor ola de desapariciones forzadas, en un caos agravado por la pandemia, y cuando los tambores de la guerra vuelven a sonar en el mundo. Pareciera que la perplejidad que produce nuestro tiempo espera una salida mágica. Ante eso vale la pena traer las palabras de un viejo sabio de hace once siglos que decía “El hombre no es perfecto sino cuando asocia pensamiento y acción. Una cura para el desgobierno, para los que se encuentran en la encrucijada …, es la vida cotidiana apegada a la Ley.” Ahora eso resulta pertinente ante la dimensión del problema. La violencia es la mayor amenaza de la libertad y ronda siempre donde se proponen soluciones totalitarias. El viejo sabio autor de la frase fue Rabí Moše ben Maimón o Maimónides nacido en la ciudad de Córdoba en el año 1135 cuando los musulmanes con una actitud abierta hacia las comunidades hebreas y les encargaron funciones específicas que les permitían salir de sus guetos para compartir sus conocimientos. Era el hijo de un juez con vocación rabínica que luego fue a Fez en lo que hoy es Marruecos, donde escribió obras dedicadas a temas astronómicos, matemáticos, teológicos y estudió medicina. Era un conocedor de las tres religiones surgidas de las Escrituras y la vida lo condujo a El Cairo donde se consolidó como el mayor exponente hebraico del al-Andaluz. El Sefardí, como él mismo se califica, escribió la Môrè o Guía de Perplejos, entre los años 1168 y 1190, dedicada a quienes, iniciados en los estudios, se enfrentaban a las contradicciones entre la filosofía y la religión. Es comparada con la grandeza de la Suma Teológica de Santo Tomás y la Divina Comedia de Dante, que por cierto fueron escritas una en cada siglo: en el XII la Guía de Maimónides; en el siglo XIII la Suma de Santo Tomás y en el siglo XIV la Comedia de Dante Alighieri. Si Maimonides viviera ahora seguramente nos diría que la respuesta a la perplejidad está en la reflexión sobre el hombre y no en la pasión por las cosas. Que la responsabilidad de combatir la violencia implica privilegiar las herramientas para evitar tanta muerte, tanta injusticia desde la realidad de las personas y no desde la percepción. La muerte reproducida en en los dispositivos electrónicos no es solamente una imagen colectiva sino que es, ante todo, un hueco negro irreparable en cada familia afectada que merece todo el respaldo institucional. La ausencia final que afecta a tantas familias merece el homenaje de recordar que la primera obligación de la acción pública es la preservación de la vida, de la integridad y la dignidad de cada persona, de cada familia afectada a la que habría que atender con mayor esmero que a la percepción de la opinión pública. Las personas son la razón de ser de las instituciones y las leyes; y no a la inversa.luisernestosalomon@gmail.com