El domingo pasado, después del enfrentamiento del Ejército mexicano con grupos de crimen organizado, Guadalajara cambió de ritmo. En las primeras horas de la mañana, mientras el tapatío suele aprovechar para despertarse tarde, empezó un murmullo extraño. Llamadas, mensajes, audios reenviados. La pregunta de todos: “¿estás bien?”. Después llegó el silencio.Tras la imposición del Código Rojo anunciado por el gobernador Pablo Lemus, las familias se encerraron. Los que no estaban en casa buscaron dónde quedarse. Las oficinas se convirtieron en refugio, casas de amigos se abrieron de improviso y los planes del domingo se cancelaron en minutos.Durante casi dos días, los sonidos que escuchamos fueron otros: sirenas de ambulancias y policías, helicópteros girando en círculos y ráfagas de balas. Las calles estaban desiertas, salvo por las carcasas de autos y camiones quemados, humo todavía suspendido en algunas esquinas. La ciudad estaba, de algún modo, contenida.Los que estaban fuera hicieron cuentas. Chapala. Vallarta. Tapalpa. ¿Regresamos? Las carreteras se volvieron incertidumbre, exposición a un peligro real. Pendientes del teléfono, las noticias, los mensajes reenviados muchas veces en grupos de WhatsApp. Videos que no se sabía si eran actuales, reciclados o creados por IA. Había un caos afuera y adentro, un pánico que se iba formando, alimentado por lo que se veía en pantalla. Recuerdos de pandemia.Recuerdo muy bien el puente de marzo de 2020. El viernes que salimos de clases y el trabajo pensando en un fin de semana largo que se convirtió en meses de encierro. Nos despedimos con ligereza, sin saber que tardaríamos en volver a vernos. Mientras el virus recorría el mundo, nosotros nos quedábamos en casa intentando entender lo que ocurría. Había un ambiente generalizado de miedo, desesperación y ansiedad. Y yo, en un intento por recuperar un poco de calma, me despertaba todos los días a revisar el número de muertos.Lo digo ahora con vergüenza, pero había una lógica interna en el gesto. Entre más sepa, más preparada estoy; entre más datos tenga, mejor puedo controlar la situación. Pero la sensación de control duraba segundos y, otros pocos después, me inundaba una inquietud que, lejos de desaparecer con la información, más bien crecía con ella.El Código Rojo de esta semana tuvo algo de déjà vu. Afuera existía un peligro real, nadie lo niega. Pero dentro de casa, el ruido digital lo amplificaba. Cada audio alarmista, cada video sin contexto, cada titular en mayúsculas agregaba una capa más de tensión a un cuerpo que ya estaba alerta.Esta Cuaresma, muchos hablan de dejar redes sociales por disciplina o por productividad. Tal vez el motivo podría ser otro. No tanto recuperar el tiempo, sino recuperar el silencio. Curar nuestro mundo interno sin permitir que los acontecimientos nos bombardeen sin filtros. No es indiferencia; es una forma de cuidado.No podemos evitar que haya violencia en las carreteras, ni impedir enfrentamientos armados o decretos de alerta. Pero sí podemos elegir cuánto espacio le damos al ruido que acompaña esos hechos. Estar revisando constantemente, como yo lo hacía en pandemia, trayéndolo a cada conversación, es sentar en la mesa al invitado permanente de la angustia. Y este invitado contagia, no solo por proximidad física, sino por exposición constante.Tal vez el silencio no cambie lo que ocurre afuera, pero sí evita que el miedo nos desordene por dentro.@luciachidan