Lunes, 02 de Febrero 2026
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El regreso del sarampión: biología y fisuras sociales

Por: Mario Luis Fuentes

El regreso del sarampión: biología y fisuras sociales

El regreso del sarampión: biología y fisuras sociales

El resurgimiento del sarampión -una enfermedad prevenible, conocida y controlada desde hace décadas- es un hecho que trasciende lo estrictamente epidemiológico, y que parece colocarnos frente a la erosión de los acuerdos colectivos mínimos que sostienen la salud pública.

Desde la respuesta institucional del Estado mexicano, que ha retomado de manera lenta y tardía en la reactivación de esquemas amplios de vacunación y de vigilancia epidemiológica, hasta la resistencia abierta de grupos que cuestionan la eficacia y legitimidad de las vacunas, el fenómeno revela una crisis más amplia en las formas de producir confianza, conocimiento y responsabilidad social.

Desde el enfoque de los determinantes sociales de la salud, el sarampión reaparece fundamentalmente donde convergen desigualdad estructural, debilitamiento de los sistemas de salud, interrupciones en la cobertura de vacunación y, de manera cada vez más decisiva, procesos de desinformación y fragmentación del sentido colectivo. La biología del virus es la misma; lo que ha cambiado es el entorno social que le permite circular. La pregunta clave no es solo por qué algunas personas no se vacunan, sino qué condiciones sociales, culturales y simbólicas hacen posible esa decisión.

La noción de “inmunidad social” -o inmunidad de grupo- resulta central. Se trata de una categoría que transporta un pacto implícito: la aceptación de que la protección individual depende del cuidado colectivo. Cuando una proporción suficiente de la población se vacuna, incluso quienes no pueden hacerlo (por edad o condición médica) quedan protegidos. El rechazo a la vacunación rompe ese pacto y desplaza la lógica de la interdependencia hacia una ética individualista radical, donde el riesgo se privatiza, pero las consecuencias se socializan.

Surge entonces una pregunta fundamental: quienes no creen en las vacunas, ¿en qué creen? No se trata solo de ignorancia en el sentido clásico, sino de la sustitución del conocimiento científico por sistemas alternativos de creencias: desconfianza hacia el Estado, sospecha frente a la industria farmacéutica, fe en soluciones “naturales”, o adhesión a narrativas conspirativas amplificadas por redes sociales. Estas subjetividades suelen gestarse predominantemente en contextos de desigualdad, experiencias previas de abandono institucional y una percepción -no pocas veces fundada- de que las promesas del progreso no se cumplen para todos.

Cabe preguntarse si asistimos a una erosión del miedo a los virus. Paradójicamente, tras la reciente pandemia de la COVID-19, el temor parece haberse transformado en cansancio, negación o banalización del riesgo. El miedo, que durante la crisis sanitaria operó como motor de cuidado colectivo, se agotó sin convertirse plenamente en aprendizaje social. En lugar de una memoria preventiva, quedó en muchos casos una reacción defensiva: rechazo a las restricciones, a la autoridad sanitaria y a cualquier narrativa que recuerde la vulnerabilidad humana frente a lo biológico.

¿Qué enseñanzas dejó entonces la pandemia? Desde una perspectiva de derechos humanos, la lección más evidente es también compleja: sin instituciones sólidas, sin sistemas de protección social universales y sin una cultura de corresponsabilidad, la salud pública es frágil. La pandemia mostró que la información científica, por sí sola, no basta; requiere traducción cultural, confianza institucional y políticas que reduzcan las brechas materiales. Debimos haber aprendido que la salud no es un asunto individual, sino un bien público que depende de condiciones sociales justas.

El retorno del sarampión expone, en última instancia, una falla de integración social. No solo falló la continuidad de los servicios, sino la construcción de un sentido compartido de cuidado. Desde las políticas sociales integrales, la respuesta no puede limitarse a campañas informativas. Se requiere reconstruir confianza, combatir la desinformación con pedagogía sostenida, y garantizar que el derecho a la salud sea vivido como experiencia concreta en acceso a servicios médicos oportunos y de calidad.

El sarampión, así, no es solo un virus que reaparece: es un espejo que nos devuelve la imagen de una sociedad que no logró transformar del todo una crisis histórica en aprendizaje colectivo. Mientras esa lección siga pendiente, los brotes continuarán apareciendo como advertencias reiteradas de una deuda social no saldada.

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