Jueves, 19 de Febrero 2026

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Fantasías borrascosas

Por: Arturo Garibay

Fantasías borrascosas

Fantasías borrascosas

¿Para qué sirve una fantasía? ¿Todas las fantasías nos elevan (nos expanden) o hay algunas que nos condenan, nos nublan? ¿Ser nublado por una fantasía es malo o es una bendición velada? ¿Una fantasía nos engatusa hasta convertirnos en esclavos de nuestras pasiones o nos permite vivir aquello que, de otro modo, nos sería inaccesible? ¿Toda fantasía es intrínsecamente sexual o hay otras formas de fantasear? “Cumbres borrascosas” (“Wuthering Heights”), de Emerald Fennell, es, en todo caso, una fantasía. La relación que tengas con la idea de “fantasía” es decisiva para pasarla bien (o mal) al ver esta película.

La realizadora de “Promising Young Woman: Hermosa venganza” y “Saltburn” ha tomado el totémico clásico de Emily Brontë para darle un tratamiento parecido al de una “fanfic”, donde todo se vale. Lo digo porque es sabido que la fantasía es la materia prima del mundo “fanfic”. Fennell se ha permitido (con resultados polarizantes) imaginar lo imposible: un Heathcliff que “así no es”, un tono romántico y melodramático que “así no es” y una estética dizque “de época” que (¡sorpresa!) “así no es”.

Dicho esto, el largometraje en cuestión se erige como una osadía que a algunos los ha llevado al delirio (llantos en las butacas, mejillas sonrojadas, risillas pudorosas, ensueños acalorados, suspiros afectados cada que la Cathy de Margot Robbie y el Heathcliff de Jacob Elordi se besan, acarician, abrazan y poseen) y a otros, a la rabia e indignación. “¡¿Qué le ha hecho Fennell a mi novela favorita?!”.

Atrapada entre los espectadores que son acusados de no saber nada del texto original (como si tuvieran la obligación de haber leído la novela para poder ver la película) y los que se consideran “expertos”, “superiores” o “capacitados” porque ya leyeron el libro, la película de Fennell se ha convertido en el centro de las conversaciones desde su estreno. La adaptación ha sido cuestionada desde todas las trincheras, porque se infiere que Fennell (o cualquier otro cineasta que adapte cualquier novela) tiene una especie de “obligación” con el texto original.

Antes de proseguir, he de establecer algo: a mí “Cumbres borrascosas” (recuerda lector que, en este caso, el entrecomillado son estilísticamente mandatorias) me pareció una película mala, chocarrera, sangrona, chapucera de mal modo (quien hace cine siempre hace “chapuzas”). Y, sin embargo, me la pasé bomba en el cine. La disfruté; se me fue como el agua: me divertí, me emocioné y me dejé “existir” dentro del capricho fílmico de Fennell, aunque mi viaje no estuvo carente de fricciones. Quién sabe, igual y algún día la recordaré como una “bad movie I love”, o a lo mejor no. Sólo diré que, recurriendo a un lugar común de la actualidad, “normalicemos” que se puede disfrutar de una mala película.

Aunque entretenidísima, resentí haber visto una telenovela a la que (desde mi perspectiva) le cuesta trabajo asumirse como tal: esta “Cumbres borrascosas” es más cercana, en tono y arrebatos, a la telenovela de Ernesto Alonso de 1979 (aquella con Alma Muriel y Gonzalo Vega) que al texto original. Nomás que se nota que Fennell está desarticulada de las maravillas del melodrama en su expresión más inabarcable: se esfuerza constantemente por ser “artista” antes que “narradora”. A Fennell le ganan las fantasías; se deja devorar por la forma y pierde de vista las posibilidades de llevar la película más allá de sus ataduras autorales y comerciales. Su ecualización quiere ser la de un “Lo que el viento se llevó” de la posmodernidad, pero no se entrega al melodrama brutal. El mismo estilo hiperbólico que me metía a la fantasía se encargaba de expulsarme. La forma la constriñe como un corsé. ¡Cuánta diversión! ¡Cuánta pantomima berrinchuda!

No, no compro todo lo que vende “Cumbres borrascosas” en términos de filmmaking, pero entiendo la función que juega la fantasía en nuestras vidas. Yo creo que las fantasías pueden elevarnos y liberarnos. Dicho así, esta película sirve para ejercitar ese músculo cada que aparecen en pantalla los actores que interpretan a los dos tóxicos hipersensuales del momento: Robbie y Elordi.

Y ahora, más paradojas. Así como critico lo que no me gusta de la película, hay otra cosa que le aplaudo a Fennell: su atrevimiento al destruir “lo sagrado”, al desbaratar un tótem literario (la novela de Brontë) para ofrecer su versión (¿maltrecha o inspirada?) del relato original. Es tu prerrogativa que la película no te guste… o que te guste muchísimo. Lo que sí es un error es pensar que la película tiene una obligación o responsabilidad con el texto primigenio.

Las películas basadas en literatura no son (para nada) obras derivadas ni apéndices: son obras nuevas, siempre nuevas. Su éxito o fracaso artístico no depende de la fidelidad, sino de lo que se construye en términos de lenguaje fílmico, lo que se teje en el territorio de lo cinematográfico, así como en lo discursivo. Para “Psicosis”, Hitchcock prácticamente destruyó y reinventó la novela de Robert Bloch y, aun así, la cinta es considerada un clásico. ¿Por qué? Porque novela y película son dos obras separadas. Es el cineasta quien decide su propuesta: ¿una lectura que capture el espíritu de la novela o una pieza que reimagine o corrompa el texto original? Como ya lo he dicho, tenemos la facultad, claro, de que nos guste o no la reinterpretación. Pero, en ningún caso, reimaginar es pecado. Ya tendríamos que estar profanando el arte “intocable” más seguido, para imaginarnos otras posibilidades respecto a lo que consideramos inamovible.

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