Lunes, 09 de Febrero 2026

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Guadalajara

Por: Eugenio Ruiz Orozco

Guadalajara

Guadalajara

En recuerdo de Thiago, mi compañero de  innumerables tardes.

Nací siendo la nuestra una ciudad horizontal, trazada a vara y cordel, de acuerdo con la costumbre de la época (1542) y legitimada con posterioridad por ordenanza que, desde El Escorial, emitió Felipe II en 1573. Guadalajara, como mujer parturienta, pidió posada en distintos lugares, hasta que fue finalmente acogida en este maravilloso valle de Atemajac, donde la cruz fundacional fue estacada por los peregrinos que aquí encontraron tierra y destino. 

Las torres de Catedral se observaban desde cualquier punto de la pequeña urbe conectada por calles rectas, de norte a sur y de oriente a poniente. No existió, por cientos de años, edificio de mayor altura. Crecí en calles llenas de polvo, donde los pequeños participábamos en juegos tradicionales: canicas, “la trais”, escondidas, bebeleche, chinchilagua, trompo y futbol. 

Guadalajara siempre fue una ciudad pobretona. Los vecinos convivían por las tardes, sentados en equipales ubicados en el ingreso de las casas, mientras observaban cómo iban creciendo los infantes. El barrio albergaba a todos, sin exclusión. La pobreza era compartida con las ilusiones, mientras los hijos asistían a la escuela del barrio y aprendían el oficio de ciudadanos. Sí, era la nuestra una sociedad mucho más democrática, humana e, incluso, más justa. “Pobres pero decentes”, decían las abuelas.

Pasaron los años y las gentes con algunos recursos migraron a las “colonias”. Primero, la Americana, seguida por Chapalita, Jardines del Bosque, la Independencia y muchas otras; luego, se amplió la mancha urbana hasta llegar a convertirse en la metrópoli que habitamos. La ciudad abierta que extendía sus brazos a quien iba llegando, se fue llenado de cotos y muros infranqueables. La convivencia se transformó en aislamiento. Las calles abiertas se cerraron. Las palabras de aliento entre los vecinos se llenaron de silencio. Más grave aún, se ignoró al que vive al lado. La ciudad plana en la que los ciudadanos se veían a los ojos se llenó de edificios, condominios y construcciones verticales, desde las cuales, los tapatíos se ven de arriba hacia abajo. Un pretexto de la libertad individual, todo mundo hace lo que le viene en gana. Llenan las calles de patines, patinetas, bicicletas, motos y el enemigo público número uno: el automóvil. Todo mundo circula por donde se le antoja y agrede al transeúnte que, por cierto, detesta a todos los demás. Los dueños de la calle son el “viene-viene”, los motociclistas y los choferes del servicio público. 

¿Dónde están los arquitectos que condujeron el crecimiento de la urbe? ¿Dónde, los Gobiernos y las instituciones públicas y privadas que regulaban y vigilaban el armonioso desarrollo de la ciudad? ¿Dónde, los inversionistas inmobiliarios responsables, los maestros eméritos, las autoridades comprometidas con el pueblo?  ¿Dónde, la civilidad que caracterizó a los tapatíos? ¿Dónde, el crisol en el que se fundían los recién llegados con los que habían hecho su casa en la entrañable Guadalajara? No, no estamos bien. Valdría la pena que, en honor de ésta, varias veces centenaria ciudad, nuestra ciudad, hagamos un pacto de solidaridad para ser mejores ciudadanos.

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