Mientras en otras plazas del país el beisbol lucha por consolidarse, por sobrevivir o por justificar su permanencia, Jalisco ha ido construyendo algo mucho más profundo que un calendario lleno de juegos: ha recuperado una tradición, ha despertado una memoria colectiva y ha devuelto al rey de los deportes un hogar permanente. Sin estridencias ni discursos promocionales, la entidad se ha convertido en la única plaza de México donde el beisbol profesional se vive al más alto nivel durante todo el año. No es una consigna publicitaria ni un eslogan institucional: es una realidad estructural sostenida en hechos, números y, sobre todo, sentimiento.Zapopan alberga equipo tanto en la Liga Mexicana de Beisbol (LMB), que se juega en verano, como en la Liga Mexicana del Pacífico (LMP), que se disputa en invierno. Esta doble condición convierte a Jalisco en una excepción nacional. En términos prácticos, significa alrededor de 40 juegos como local en temporada veraniega y una cifra similar en invierno, sin contar playoffs, finales o eventos internacionales. Si se toma un promedio conservador de entre seis y siete mil asistentes por juego —una cifra realista y documentada— el resultado es contundente: Jalisco concentra más asistencia anual al beisbol que muchos clubes de futbol profesional a su propia disciplina. Pero más allá del número, lo que se observa es constancia: la gente regresa, se reconoce, se apropia del ritual. No se trata de una moda pasajera, sino de una costumbre que se ha vuelto parte del calendario emocional de miles de familias.Las Chivas del Guadalajara, por ejemplo, disputan aproximadamente 30 partidos oficiales al año como local. Aunque su estadio tiene capacidad cercana a los 50 mil espectadores, las entradas habituales rara vez superan los 15 o 20 mil aficionados. Al cierre del año, los números revelan una verdad incómoda para el discurso dominante: el béisbol jalisciense ha construido una base de asistentes fiel, constante y acumulativa. No depende del resultado inmediato; depende del vínculo.Pero el fenómeno va mucho más allá de la taquilla. Es, sobre todo, deportivo.Charros de Jalisco se ha convertido en protagonista sostenido. En verano, fue campeón de la Zona Norte y subcampeón general de la LMB, cayendo únicamente ante los Diablos Rojos del México, la franquicia más poderosa y tradicional del circuito. En invierno, el equipo ha marcado época: bicampeón de la LMP y, recientemente, campeón de la Serie del Caribe, coronándose además en casa, ante su gente, con la emoción desbordada y la memoria colectiva grabando cada out final.La consistencia competitiva no es un accidente. Es el resultado de un proyecto serio, de inversión estratégica, de estructura administrativa y visión deportiva. Pero también es consecuencia de algo más difícil de medir: el respaldo de una afición que volvió a creer. Cuando un equipo compite, la gente responde. Y cuando la gente responde, se construye pertenencia. La fidelidad no se decreta; se cultiva.Y luego está el ambiente. Esa atmósfera que se crea en el Panamericano.El estadio de Zapopan se ha consolidado como un espacio familiar, plural y respetuoso. No es raro ver a abuelos, padres e hijos que han convertido cada juego en un ritual compartido, una cita generacional que recupera una tradición largamente ausente del paisaje deportivo de Guadalajara. Aficionados de toda la vida han vuelto a las gradas y hoy celebran cada serie con el mismo entusiasmo de quien reencuentra una pasión que nunca se fue.El impacto, sin embargo, trasciende la nostalgia. Niños y jóvenes están descubriendo el beisbol como un deporte cercano y atractivo. Ya no es solo un recuerdo heredado, sino una experiencia propia. Academias, visorías, campamentos y programas formativos han florecido alrededor del entorno charro, sembrando afición desde temprana edad.Durante la temporada invernal, el estadio se convierte además en punto de encuentro para aficionados de todo el Pacífico mexicano: sinaloenses, sonorenses, bajacalifornianos, nayaritas y más. Muchos residen en Jalisco; otros viajan expresamente para seguir a sus equipos. Comparten grada, conversación y memoria. Incluso hay quienes acuden simplemente por el placer de presenciar buen beisbol, más allá de colores o lealtades.No hay grescas sistemáticas en tribuna. Se reconoce la calidad de la jugada, venga de quien venga. Se aplaude el talento y se respeta la camiseta. Eso no es casualidad: es cultura deportiva, es educación emocional transmitida de generación en generación.La capital jalisciense no solo es hoy un bastión por resultados o asistencia. Es, en términos estructurales y culturales, la plaza más estable y completa del beisbol profesional mexicano.Jalisco juega todo el año.Compite todo el año.Pero, sobre todo, recuerda, comparte y hereda el beisbol.Y en una época donde tantas pasiones se desgastan en la confrontación, conservar una que se vive con alegría, respeto y memoria vale, sin duda, tanto —o más— que cualquier campeonato.bambinazos61@gmail.com@salvadorcosio1