Hay algo profundamente inquietante en el mundo que estamos habitando: la violencia dejó de sacudirnos y comenzó a parecernos parte del paisaje.Vivimos en una época marcada por conflictos armados persistentes, tensiones geopolíticas constantes y una peligrosa normalización del uso de la fuerza. Las crisis internacionales ya no irrumpen como excepción; se integran a la rutina informativa. Las vemos pasar entre notificaciones, memes y contenidos triviales. Cuando la guerra deja de escandalizarnos y se vuelve fondo permanente, algo esencial empieza a erosionarse en nuestra conciencia colectiva.Más allá de ideologías, gobiernos o banderas, hay una pregunta que deberíamos hacernos como sociedades: ¿en qué momento comenzamos a aceptar que la fuerza sustituya al diálogo, a la razón y a los acuerdos? La historia es clara: cuando la violencia se normaliza como herramienta política, lo que se debilita no es solo el orden internacional, sino la idea misma de civilización.Las guerras de hoy rara vez se declaran con claridad. Con frecuencia no se explican: se justifican después. Y casi nunca se discuten: se consumen como contenido.En este contexto resulta inevitable mirar a las instituciones que, durante décadas, se construyeron precisamente para evitar estas regresiones. Los organismos multilaterales nacieron de las ruinas de las grandes guerras, como un pacto mínimo para poner límites, mediar conflictos y evitar que la ley del más fuerte se impusiera sin contrapesos.Cuando esas instancias parecen incapaces de generar consensos efectivos o de frenar la escalada de la violencia, el mensaje es preocupante: las reglas comunes comienzan a verse como decorativas. Y cuando las reglas dejan de importar, no avanza la libertad; avanza la selva.Pero hay una pregunta que incomoda todavía más: ¿qué papel están jugando hoy las universidades frente a este escenario?Las universidades no nacieron solo para formar profesionales ni para competir en rankings. Surgieron para pensar el mundo, para poner límites éticos al poder, para formar conciencia crítica y recordar que la fuerza sin razón siempre conduce a la barbarie. Durante siglos fuimos locomotoras sociales: ayudamos a empujar a las sociedades fuera del dogma, del autoritarismo y de la violencia como única respuesta. Hoy vale la pena preguntarnos con honestidad: ¿seguimos siendo locomotoras o nos hemos conformado con ser vagones de carga?Mientras el mundo enfrenta una regresión en valores fundamentales —polarización, desinformación, desprecio por la vida— muchas universidades parecen optar por la comodidad del silencio. Administramos bien, acreditamos programas, inauguramos edificios, pero evitamos incomodar. Y cuando la universidad deja de incomodar, corre el riesgo de abandonar su función histórica.La violencia no solo destruye cuerpos; también erosiona preguntas. Y cuando renunciamos a hacerlas, algo se rompe en el tejido moral de la sociedad.El mundo no necesita más fuerza ni más ruido. Necesita instituciones fuertes, pensamiento profundo y universidades dispuestas a volver a ser motores del proceso civilizatorio. Porque una universidad que renuncia a ser locomotora social termina avanzando, sin darse cuenta, hacia la irrelevancia.twitter: @rvillanueval