Sábado, 07 de Febrero 2026

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Música, cultura y contingencia

Por: Alonso Solís

Música, cultura y contingencia

Música, cultura y contingencia

La música fue mi puerta de entrada al mundo de la cultura. Con esto quiero decir no sólo que la música es una rama frondosa del árbol cultural, y que escuchamos canciones y piezas musicales mucho antes de poder leer novelas, cuentos o ensayos, o de admirar el teatro, las artes plásticas o el cine. Quiero decir que las canciones que escuchaba en la infancia y adolescencia me condujeron gradualmente a ideas, poemas y textos de distintas tradiciones, lo que alentó mi apetito por la cultura.

Doy algunos ejemplos. Mi entusiasmo adolescente por la música del carismático (y autodestructivo) sex symbol de los 60 Jim Morrison me hizo enterarme de un tal Aldous Huxley, autor de Las puertas de la percepción, libro donde Huxley narra sus experiencias místicas con la mezcalina y que da origen al nombre de la banda de Morrison: The Doors. No pude dar con ese libro, pero sí con su novela de 1932, el clásico del género de las utopías distópicas: Un mundo feliz.

Mi padre por esas fechas me llevó a la librería Gandhi y me regaló una biografía de Morrison, escrita por Jerry Hopkins. Allí aprendí que “El Rey Lagarto” era un ávido lector de un terrible filósofo alemán, de nombre impronunciable, que había proclamado nada menos que la muerte de Dios. Las letras de la banda californiana, impregnadas de temas existencialistas (la libertad y sus vértigos, el sinsentido y absurdo de la vida, la condición de “arrojado” del ser humano) fueron una antesala de mi estudio de filósofos como Nietzsche, Kierkegaard, Heidegger y Sartre.

También la música que mis padres escuchaban en casa llevaba a la literatura y el pensamiento. El trovador cubano Pablo Milanés, uno de los favoritos de mi madre, cantaba exaltado los poemas de su compatriota Nicolás Guillén. Y al abrir por primera vez El laberinto de la soledad, advertí que el epígrafe era de ese escritor español a quien yo conocía indirectamente gracias a las canciones de Serrat, que mi padre escuchaba y cantaba con fervor: Antonio Machado. Serrat también me hizo saber de la obra de Miguel Hernández. Y lo mismo pasó con otros poetas: a García Lorca lo conocí por las canciones de Ana Belén; y a Pablo Neruda, por las de Alberto Cortez.

Las letras de Silvio Rodríguez, influencia definitiva en la generación de mis padres (sobre todo en los jóvenes latinoamericanos estudiantes de humanidades y disciplinas sociales), me descubrieron a figuras como José Martí, el Che o Abel Santamaría, y a ese mito gigantesco llamado Revolución cubana.

Esa familia extendida de cantautores y compositores de la segunda mitad del siglo XX, que va de Amaury Pérez a Luis Eduardo Aute, de Pedro Guerra a Fito Páez, daba la sensación de una unidad cultural del mundo hispanoamericano, o iberoamericano (en casa tampoco faltaba la música del brasileño Chico Buarque y de la caboverdiana Cesárea Évora).

La herencia musical que mis padres nos legaron a mi hermano y a mí me ha permitido establecer puentes con generaciones previas, conocer otros sectores del mundo cultural, descubrir las variantes de mi lengua, adentrarme en una época y sensibilidad particulares, y, sobre todo, obtener una fruición inmarcesible. Pues la música es, como Paz dice, una pequeña ración de eternidad.

Lo anterior me lleva a pensar que la cultura, entendida no como suma de conocimientos sino como sensibilidad y forma de vida, acaso se transmita por antonomasia no tanto en las escuelas como en las familias. Verdad amarga y que disgusta a nuestros oídos democráticos, pero que debemos hacer frente con solidaridad social, ya que acercar a más personas a la cultura —a la verdadera cultura— es la forma más efectiva de contrarrestar la barbarie.

Quizá la queja habitual de que los jóvenes carecen de “cultura general” sea cierta. Pero la fuente de ese lamento bien puede residir, como dice el lúcido ensayista Víctor Hugo Martínez González, en que intuimos que el mundo cultural que dio identidad, sentido y estructura a varias generaciones naufraga hoy en las heladas aguas del océano digital, audiovisual y tecnológico. Ese mundo —compuesto, entre otros, por el primado del libro, la música no comercial y el cine de autor—  está por desaparecer. Ello me hace valorar más la música que escuchaba en casa cuando niño. Pues amamos con más intensidad vital aquello que sabemos frágil, contingente, pero nuestro.

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