Domingo, 15 de Marzo 2026

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Noviando

Por: Abel Campirano

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Era la hora del desayuno y mis papás disfrutaban de su café con bisquets —de allí viene mi gusto— y conversaban sobre la serenata del día anterior. Vivíamos en ese entonces en el centro, por la calle Madero, casi esquina con Escobedo (hoy Calzada del Federalismo), y elogiaban el buen gusto del romántico conquistador en la selección de canciones.

La conversación giró en torno a la bella música que le llevó el pretendiente a la pretendida; un trío interpretó selectas melodías que en ese tiempo estaban de moda en la radio, interpretaciones de Los 3 Ases, Los Dandys, Los Panchos, Los Hermanos Martínez Gil, Los Tecolines, en fin.

El romanticismo en su pleno esplendor. Mi papá —abogado al fin— comentaba que, conforme a los Reglamentos de Policía y Buen Gobierno, se tenía que pedir autorización previa a las autoridades del municipio para poder llevar la consabida serenata, habida cuenta de que siempre se ha privilegiado la tranquilidad de la ciudad, algo que hoy día es un sueño imposible por más campañas antirruido que se implementen.

El trío interpretó canciones de Agustín Lara, Gonzalo Curiel, Abel Domínguez, Tata Nacho y de los mejores compositores, y evidentemente no solo deleitó a la novia y su familia, sino que los vecinos tuvimos la oportunidad de disfrutar de un concierto gratuito y de buena música. Con ganas de que fueran más frecuentes las serenatas en el barrio.

Antes era costumbre llevarle serenata a la novia ya bien entrada la noche o un “gallo” en la madrugada del día de su cumpleaños. Mis papás me platicaron que cuando mi papá empezó a frecuentar a mi mamá, que por aquel entonces vivía en el barrio de Mexicaltzingo, por la calle Donato Guerra, cerca del Puente de las Damas, pidió permiso a mi abuela para visitarla y se lo concedió a condición de que sus conversaciones fueran en el alféizar de la ventana. Antes de una formal petición de mano, el novio no podía ingresar a la casa de la novia; qué esperanzas.

Y es que cuando uno quería que una muchacha fuera su novia, tenía que pedirles permiso a sus papás, y solo entraba uno a su casa cuando había el pedimento formal, pero ya prácticamente para casarse. Había mucha formalidad dominada por el respeto, principio rector de toda relación seria.

Mientras tanto, se platicaba tras las rejas de la ventana y, si acaso, en el porche, pero nunca dentro de la casa; cuando la mamá o el papá consideraban que ya era hora de que se acabara la plática, bastaba una simple tosida o bien, comedidamente, decirle: “Bueno, joven, que pase buenas noches”, frase que a buen entendedor significaba: “Por hoy es todo, ya váyase a su casa”.

Las invitaciones eran para ir al cine, a una nevería, caminar en el centro por los portales o sentarse en una banquita en algún parque, y los permisos estaban condicionados a la aprobación de los papás, tomando en cuenta la hora de regreso a casa y, obviamente, a la compañía de un chaperón o chaperona, lo cual ciertamente no permitía que fluyeran con naturalidad las relaciones, pero también se ponían frenos y contrapesos para evitar disgustos mayores y se prevenían dolores de cabeza.

El noviazgo de antaño era el epítome del romanticismo. Los paseos, como decía, eran llevar a la novia al cine, a la nevería y el domingo, utilizando el pretexto de la misa vespertina, saliendo de la celebración eucarística, bien santificados, íbamos a la serenata a la Plaza de Armas o a disfrutar de unos deliciosos churros, a caminar por el parque o por las calles del centro a ver los aparadores y trazar los planes para el futuro, y es que el noviazgo era cosa seria, se consideraba como un período de conocimiento, trato y adaptación con el propósito del matrimonio.

Tanta seriedad tenía, que el antiguo Código Civil para el Estado de Jalisco tenía un capítulo especial denominado “De los esponsales”, definidos como “la promesa recíproca de futuro matrimonio que se hace por escrito y es aceptada” y que, por increíble que parezca hoy día, ofrecía la posibilidad de reclamar daños y perjuicios causados por el incumplimiento de la promesa matrimonial y la devolución de la dote que por aquellos tiempos también se usaba. No fueron pocos los casos en que sujetos faltos de palabra dejaron a la novia plantada en el altar.

Ya en otra oportunidad me ocuparé de este interesante tema, así como del de los permisos para las serenatas y los “gallos” de los que hablaba al principio y que, por cierto, también servían para las reconciliaciones, dado que no faltaban rupturas temporales por malos entendidos, pero en general las relaciones eran tersas y formales porque estaban garantizadas esas cualidades por el ambiente de respeto que existía en esa época, sobre todo por la dignidad de la mujer y el ineludible respeto del hombre, lo que hacía que los padres exigieran siempre a los varones un comportamiento perfecto y que no fueran deshonra de sus padres, que reflejaran su buena crianza y la verdad uno se esmeraba porque se privilegiaba la conquista respetuosa sobre la seducción atrevida, y además uno era el reflejo de su familia y no nos podía poner en mal ante la sociedad con una conducta inapropiada.

Cuando se pedía en matrimonio a la novia, fijada la fecha de la pedida, acudía al domicilio de los papás de ella el novio acompañado de sus papás o de alguno de ellos en caso de viudez e ineludiblemente iba un sacerdote que era el interlocutor para oficializar el pedimento, darle la formalidad necesaria y darles la bendición a los futuros esposos.

Eran recibidos con gusto en casa por los papás de la novia, quienes como buenos anfitriones les brindaban la mejor atención, les ofrecían canapés y un buen vermut o un jerez, por supuesto todo con medida y, una vez pedida la mano por el sacerdote, que hacía las veces de padrino de petición, unas palabras de los papás del novio, de los de la novia, quienes daban su anuencia, se fijaba fecha para el compromiso matrimonial y a brindar con champaña por la felicidad de los futuros esposos.

Allí se iniciaban los preparativos formales para la boda religiosa y civil y lo primero que se hacía era enviar una nota al periódico para que en la sección de sociales apareciese la crónica del pedimento para compartir con familiares, amigos y la sociedad en general el gusto de las dos familias por el futuro enlace matrimonial de sus hijos.

Los noviazgos de antaño eran verdaderas historias de amor, llenas de romanticismo y, reitero, del más absoluto respeto; así se forjaron matrimonios indisolubles a los que solo la muerte pudo separar; relaciones firmes, permanentes y que además permitían que la descendencia, los hijos, fuéramos entendiendo el significado del verdadero matrimonio, que encierra el culmen de las ilusiones, el epítome del amor entre dos seres humanos, y que con maestría inigualable describe el apóstol San Pablo en su carta a los Corintios, epístola que todavía se lee en las bodas. El amor es absoluto, es fiel, no se impacienta, todo lo perdona, no tiene envidia, no es rencoroso, no se irrita, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta, es un constante ir y venir de sentimientos que buscan siempre la felicidad del otro. Por eso el matrimonio, el verdadero matrimonio, no pasa de moda, ni el noviazgo tampoco. No sé ustedes qué piensen, pero qué bellos tiempos los de los verdaderos noviazgos.

Bueno, pues ya seguiremos hojeando el libro en otra página de mis recuerdos; nos encontraremos, primero Dios, el próximo domingo aquí, en EL INFORMADOR; los espero con un aromático cafecito acompañado de mis infaltables bisquets con mantequilla y mermelada de fresa.

lcampirano@yahoo.com

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