Domingo, 11 de Enero 2026

A cien años de la Guerra Cristera

Este artículo inaugura una serie que, a través de varios capítulos, recontará la Guerra Cristera desde una visión más profunda

Por: Guillermo Dellamary

La población percibió las Leyes de Reforma como un desmarque de su identidad espiritual. ESPECIAL

La población percibió las Leyes de Reforma como un desmarque de su identidad espiritual. ESPECIAL

Hay fechas que se celebran por costumbre, y tiempos que regresan a exigirnos una explicación. Las primeras son actos sociales; las segundas, actos de conciencia. El año 2026 inicia con esa rara cualidad de las fechas que no son recuerdo, sino advertencia.

Un siglo se cumple del estallido de la Guerra Cristera, quizá la herida más profunda, más silenciada y más mal interpretada de la historia moderna de México.

No fue una rebelión menor. No fue un capricho campesino. No fue solo un fanatismo religioso espontáneo. Fue la erupción de un volcán ideológico, político y espiritual cuyas lavas aún recorren el subsuelo emocional del país. Y ahora, cien años después, ese volcán vuelve a murmurar.

Por eso este artículo inaugura una serie que no pretende repetir lo que ya sabemos —porque lo que sabemos aún es poco y, en muchos casos, erróneo—, sino recontar lo que nunca nos dijeron, replantear lo que nos enseñaron a medias y releer la Guerra Cristera desde un lugar más amplio, más claro y más profundo.

Quiero proponer, desde este primer texto, una visión distinta: El centenario no debe ser una ceremonia, sino una oportunidad de revisión histórica y psicológica. Un país que no escucha sus antiguos sufrimientos corre el riesgo de repetirlos con la mirada vendada.

El valor del revisionismo histórico es importante en un país que a veces teme a sus propias sombras.

La historia no es un acta notarial: es un tejido vivo. Se expande o se encoge según los documentos que aparecen, las interpretaciones que maduran y la valentía de quienes decidimos escuchar después de muchos años de silencio.

Para comprender la Guerra Cristera, se necesita algo más que datos: Se necesita psicohistoria, esa mirada que observa no solo los hechos, sino las intrigas, las emociones colectivas, los símbolos, los temores, las ambiciones, los resentimientos y las fracturas espirituales que empujaron a un pueblo hacia el conflicto.

México, como nación, ha sido experto en evadir ciertos capítulos de su historia. La Guerra Cristera ha sido uno de ellos.

Durante décadas, se enseñó de manera parcial: como un episodio incómodo, casi vergonzoso; como un exceso religioso que interrumpió la marcha modernizadora del Estado.

Pero esa versión es insuficiente, injusta y, sobre todo, confusa.

Este centenario exige un revisionismo serio, sin sesgos partidistas ni prejuicios anticlericales. No se trata de santificar a un bando ni demonizar al otro, sino de comprender qué fuerzas —nacionales e internacionales— chocaron en México entre 1926 y 1929.

Un revisionismo maduro implica tres movimientos: Desconfiar de la narrativa oficial, porque las versiones oficiales casi siempre están escritas por los vencedores; escuchar a los autores que estudian las raíces del conflicto, incluso si incomodan la visión establecida; e integrar los documentos que estaban ocultos, en este caso los del Archivo Apostólico Vaticano, que ofrecen una dimensión desconocida del conflicto.

Con estas tres claves, iniciaremos esta serie. Porque comprender la Guerra Cristera es comprendernos a nosotros mismos.

Las corrientes que desembocan en 1926

Antes de entrar en los documentos vaticanos, es necesario colocar el conflicto en su verdadero contexto. La Guerra Cristera es el final de un largo río. Y ese río tiene al menos tres afluentes.

1. El anticlericalismo europeo: Guerras por la hegemonía moral

El primer grupo de autores que debemos considerar es el de aquellos que han estudiado el anticlericalismo europeo. Ellos muestran que la pugna entre Iglesia y Estado no nace en México, sino que es hija de un conflicto mucho más antiguo: la confrontación entre el catolicismo latino y el protestantismo del norte.

En Europa, esta rivalidad generó guerras civiles, expulsiones, confiscaciones masivas de bienes eclesiásticos, persecuciones e intentos de crear un Estado sin influencia eclesial alguna.

La modernidad europea se construyó, en parte, sobre el desplazamiento sistemático de la jerarquía eclesiástica. Y estas ideas cruzaron el Atlántico con una sorprendente facilidad.

Cuando México adoptó modelos políticos europeos, también importó la desconfianza hacia la Iglesia, el anticlericalismo ideológico y la idea de que un país solo puede llamarse moderno si reduce la religión al espacio íntimo y privado.

La Guerra Cristera no puede entenderse sin este telón de fondo: México fue campo de batalla de una guerra cultural que no se originó aquí.

2. La transformación radical del Estado mexicano (1824–1857)

El segundo grupo de autores ilumina el acelerado proceso del liberalismo mexicano. La comparación entre las Constituciones de 1824 y 1857 es reveladora: 1824 declara la religión católica como fundamento de la nación; 1857, apenas 33 años después, impulsa la separación radical entre Iglesia y Estado.

Ese giro no fue gradual. No se dio con procesos educativos o diálogos públicos. Fue un cambio brusco, abrupto y, para muchos sectores, traumático.

Las Leyes de Reforma (1859–1863) no solo retiraron privilegios: fueron percibidas como un desmontaje de la identidad espiritual de la población.

Ese resentimiento —que quedó suspendido durante el porfiriato— reapareció con violencia cuando el Estado posrevolucionario retomó la agenda anticlerical con una energía inesperada.

Sin esta transformación previa, la Guerra Cristera es incomprensible.

3. La masonería y la influencia protestante estadounidense

El tercer grupo de estudiosos señala que México se convirtió en campo de experimentación de la masonería yorkina —la rama más cercana al protestantismo estadounidense—, que veía al catolicismo como un obstáculo para la modernidad liberal y para los intereses geopolíticos del vecino del norte.

Documentos de la época revelan: la fundación de logias por militares españoles y agentes norteamericanos, la importación de modelos estatales anticatólicos, la exportación hacia México de discursos europeos contra el Vaticano, la idea de construir un Estado laico no por neutralidad, sino por eliminación del poder espiritual católico.

Estas influencias prepararon el terreno para el choque final entre 1926 y 1929.

La Guerra Cristera fue un enfrentamiento entre católicos y el gobierno, que limitaba la influencia de la Iglesia y el culto religioso en México. EL INFORMADOR/Archivo

México en 1926: Un país que no entendía por qué su fe se volvía delito

Llegamos a la antesala del conflicto.

Durante el gobierno de Plutarco Elías Calles, el Estado mexicano decidió aplicar literalmente los artículos constitucionales restrictivos contra la Iglesia. No era una aplicación “por etapas” ni una negociación: era un ejercicio de autoridad con voluntad de transformación profunda.

En pocos meses se prohibió a los sacerdotes criticar al gobierno, se limitaron los registros y licencias clericales, se expulsó a sacerdotes extranjeros, se cerraron escuelas y templos, se restringió el culto, se comenzó a vigilar a catequistas y asociaciones piadosas, se hostigó a peregrinos y se encarceló a religiosos por actividades pastorales.

Para la mayoría de los mexicanos —rurales y urbanos—, esto no era una reforma administrativa: era una agresión a su vida espiritual cotidiana. A su manera de vivir, de rezar, de entender el mundo.

El Estado veía modernización.

El pueblo veía persecución.

Y la Iglesia veía un riesgo existencial.

El choque era inevitable.

Lo que dicen los Archivos Vaticanos: El mapa oculto del conflicto

Aquí comienza mi aportación a esta serie: la lectura de documentos del Archivo Apostólico Vaticano, ese depósito silencioso donde se recibieron los informes diplomáticos enviados desde México durante la época más tensa del conflicto.

Lo que aparece allí es un México diferente del que aparece en los libros oficiales.

1. Un Estado impulsado por un ideal ideológico más que por una necesidad concreta

Los informes describen un gobierno decidido no solo a regular, sino a reconfigurar la espiritualidad de un país entero. La obsesión por limitar a la Iglesia iba más allá de razones políticas: era un proyecto cultural.

2. Una Iglesia debilitada pero todavía influyente

Los informes de obispos y delegados hablan de una institución golpeada, dividida, pero consciente del peligro. La estrategia de cerrar templos no fue capricho: fue un intento desesperado de evitar abusos, detenciones arbitrarias y sacrilegios.

3. Un pueblo creyente que no entendía las razones del Estado

Las cartas repiten un mismo sentimiento: la gente no podía comprender por qué su fe —tan arraigada y tan cotidiana— se convertía de pronto en delito público. La indignación no fue organizada desde arriba; surgió desde abajo.

4. Advertencias ignoradas

El Vaticano advertía a sus delegados: “Eviten el conflicto. Eviten provocaciones. Busquen diálogo”. Mientras tanto, desde México llegaban telegramas con noticias de catequistas arrestados, sacerdotes amenazados, templos rodeados por tropas federales.

Lo que hoy llamamos “Guerra Cristera” fue, para quienes lo vivieron, una mezcla de desconcierto, miedo, frustración y un profundo sentido de agravio espiritual.

La psicohistoria del conflicto: Cuando los símbolos se vuelven pólvora

La Guerra Cristera no fue solo política ni solo religiosa. Fue emocional. Fue un choque entre dos concepciones opuestas del alma mexicana: para el Estado, la fe era un obstáculo para la modernización; para el pueblo, la fe era parte de su identidad más íntima.

Cuando el Estado atacó el símbolo —la fe—, el pueblo reaccionó no por ideología, sino por identidad. La psicohistoria explica así el conflicto:

No se defiende un templo, se defiende un hogar espiritual; no se defiende a un sacerdote, se defiende la relación con lo sagrado; no se defiende un derecho legal, se defiende un sentido de vida.

Las armas fueron secundarias; la convicción fue primaria.

¿Por qué este centenario importa hoy?

Porque la tensión entre Estado, Iglesia y sociedad no ha desaparecido. Porque los símbolos que incendiaron México hace cien años siguen activos. Porque la relación entre poder político y poder religioso sigue siendo frágil.

Un centenario así no se conmemora: se reflexiona.

Este es un espejo que nos llama a preguntarnos: ¿qué pasa cuando un Estado intenta moldear la conciencia espiritual de su pueblo?, ¿qué ocurre cuando la religión sale del ámbito público abruptamente?, ¿qué efecto tienen las imposiciones ideológicas sin diálogo?, ¿cómo reaccionan las comunidades cuando se sienten atacadas en lo que consideran sagrado?

El centenario nos obliga a mirar no solo atrás, sino adentro.

Lo que viene en esta serie mensual

A partir de enero, recorreremos:

Los orígenes profundos del conflicto, el papel de las logias y las influencias extranjeras, la visión interna del Vaticano, el liderazgo y la tragedia de los cristeros, las negociaciones ocultas, la psicohistoria de la violencia y el eco que dejó la guerra en la identidad mexicana.

Serán varios capítulos que combinarán investigación rigurosa, narrativa histórica y ese tono reflexivo que tanto aprecian nuestros lectores.

Conclusión: Un siglo después, la herida vuelve a hablar

La Guerra Cristera no es historia muerta. Es una conversación pendiente.

Un siglo después, el país vuelve a escuchar su propio murmullo y debe decidir si quiere comprenderlo mejor o volver a callarlo. Pero si lo callamos, no desaparece: se transforma en sombra.

Este centenario no nos pide bandos, nos pide madurez. No nos pide repetir viejos discursos, sino escuchar nuevas voces. Y no nos pide olvidar, sino comprender.

Porque la historia —cuando se entiende de verdad— no divide. Une e ilumina.

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