Entre Chuburná y Sisal, en la costa de Yucatán, se encuentra una de las joyas naturales más sorprendentes y desconocidas de México: La Carbonera, una playa de aguas cristalinas que nació tras el paso del huracán Gilberto en 1988.Durante el fenómeno, una laguna cercana quedó conectada con el mar debido a la fuerza del huracán, lo que provocó que se formara una franja de arena y aguas cristalinas donde antes solo había tierra y vegetación. Esta combinación de agua dulce de la laguna con el agua salada del mar creó un ecosistema único, con aguas claras y tranquilas que hoy caracterizan a La Carbonera.Lo sorprendente es que, aunque surgió de un desastre natural, la playa se ha mantenido alejada del turismo masivo, lo que la convierte en un destino ideal para quienes buscan experiencias naturales fuera de los circuitos tradicionales.Con aproximadamente cinco kilómetros de extensión, La Carbonera es el lugar es perfecto para los amantes del ecoturismo, kayak y observación de aves, incluyendo flamencos americanos, garzas y pelícanos. Además, cuenta con el ojo de agua Dzul‑Ha, un manantial de agua dulce donde los visitantes pueden refrescarse en medio de un paisaje prácticamente intacto.Pese a su belleza y singularidad, La Carbonera sigue siendo desconocida para la mayoría de los viajeros mexicanos, lo que ha permitido que conserve su ecosistema de manglares, petenes y abundante flora y fauna en un estado muy natural.Los expertos en turismo destacan que este rincón de Yucatán ofrece una experiencia de desconexión y contacto directo con la naturaleza, lejos de las playas saturadas y los destinos tradicionales del país.La Carbonera es, así, un ejemplo de cómo la fuerza de la naturaleza puede crear paisajes únicos que, décadas después, permanecen como secretos bien guardados para quienes buscan descubrir la belleza escondida de México. PH