Jalisco

Cenará en CADIPSI en Nochebuena pero anhela llamar a su familia

Tereso Mazayate Zikuki un migrante guatemalteco, deja su país hace una década porque no podía mantener a su familia

GUADALAJARA, JALISCO (24/DIC/2015).- Su mirada melancólica se pierde en el nacimiento de hoja de maíz iluminado por cientos de foquitos en la entrada  del Centro de Atención y Desarrollo Integral para Personas en Situación de Indigencia (CADIPSI) de Guadalajara, es Tereso Mazayate Zikuki un migrante guatemalteco que desde hace tres años no ha podido llegar a los Estados Unidos y reencontrarse con su familia.

Esta noche cenará con sus compañeros de CADIPSI y solamente espera tener dinero para hacer una llamada rápida a su esposa e hijos en San Diego. "Cambiaría todo por llamarles, tengo un mes sin hablar con ellos, no tengo celular, yo soy quien llamo, porque ellos no tienen dónde llamarme", dice el hombre curtido por el sol y con 58 años de edad.

Además de su esposa y tres hijos, Tereso tiene cuatro hermanos en distintas parte de la Unión Americana, unos en Nueva York y Miami, desde hace cuatro meses llegó a Guadalajara y CADIPSI le abrió las puertas.

El guatemalteco es servicial, no ocasiona problemas, es acomedido, le gusta desquitar lo que se lleva a la boca y cualquier labor encomendada la realiza con eficacia, afirma que lo más difícil de estos tres años no es el frío, ni las noches que el estómago ruge porque no se llevó nada a la boca, sino la sensación de extrañar a los seres queridos.

"Es triste estar lejos de la familia, esta será mi tercera Navidad sin ellos, las otras dos estaba en Oaxaca y Lázaro Cárdenas, Michoacán, pero no tenía un techo, ahora en este Centro me tratan bien, ceno calientito, me baño y duermo tranquilo sin pendiente de que me vayan a atacar", dice con voz calmada Tereso.

Dejó su país hace ya una década, era agricultor, pero la tierra no le daba  para mantener a su familia, por lo cual emigró a San Diego donde realizaba distintos trabajos, hoy su meta es poder cruzar la frontera y reunirse con su familia y olvidar la pesadilla de estar alejados desde hace tres años.

"No sé qué les voy a decir cuando los vea, solamente sé que será una felicidad inmensa", dice el migrante, quien dice no tener dinero para seguir su viaje y mucho menos intentar cruzar la frontera de la mano de un "pollero".


EL INFORMADOR / GUADALUPE TREWARTHA

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