Medellín: El de la eterna primavera
La ciudad colombiana impresiona por sus paisajes, su gastronomía y, sobre todo, por la educación de su gente
La bien cuidada carretera que exhibía sus lomos perfectamente rasurados y cultivados con plantas y flores regionales cual jardín versallesco, nos tenía con el ojo cuadrado. Al pasar la caseta de peaje, un letrero que nos llamó la atención decía: “Medellín, la ciudad más educada” ¡Gau! dijimos impresionados.
El panorama que le siguió, con la vista a la ciudad sentada en un hermoso valle entre los cerros, no se quedaba atrás. Los bien construidos y francamente hermosos edificios de El Poblado, centro de la ciudad, construidos totalmente en ladrillo aparente, acentuaban su armonía contrastando con el emblemático edificio Coltejer, con su forma de lanzadera, de las que se usan para hacer los tejidos que han dado fama a la ciudad.
Nuestro hotel, muy recomendable y bien situado, nos permitió que tan sólo a unos cuantos pasos, gozáramos del extraordinario (y súper abundante) “mondongo”, un platillo típico regional que se ofrecía en el clásico “restaurante de la esquina”. De sobra sería decir que ahí nos apuntamos cada tarde-noche de nuestra estancia, a pesar de los elegantes gourmet de los alrededores.
Al caminar por las banquetas, nos llamó la atención la textura que sentíamos en nuestros pies: unas líneas paralelas resaltadas en los adoquines indicaban a quienes no pueden ver, la dirección que debían seguir; se indicando que se había llegado a la esquina cuando éstas se cambiaban en rueditas. ¿Cultura? ¿Civismo? ¿Comprensión? Todo junto.
Grata sorpresa fue que viajando en el metro, que corre por toda la ciudad, con tan sólo caminar unos cuantos pasos, transbordamos sin costo extra a una elegante burbuja del metrocable que nos llevaría a los lugares más altos de la ciudad, en donde se conecta con decenas de líneas más. Unas impresionantes escaleras eléctricas (como de centro comercial elegante) facilitan el subir y bajar de quienes habitan en los terrenos montañosos de los barrios más humildes de la ciudad.
Hablando de los parques me pudiera acabar el periódico entero, pero tan sólo diremos que en el Parque Explora, una gran planicie pavimentada con elegante mármol beige, alberga entre suaves desniveles un lugar con piso de arena en donde dos semi-esferas encontradas reproducen los sonidos de la voz a gran distancia. Bancas tiradas en la plaza invitan a acostarse a ver las estrellas sin ningún recato. Una escuela de música intenta sonidos desde más allá. Los chorros de agua producen encantos e ilusiones a los niños agobiados por el calorón. Un impresionante acuario muestra la evolución de las especies con elegancia. El Museo del Agua nos hace tener conciencia de ese precioso bien: El Parque de los Pies Descalzos donde los zapatos están prohibidos, nos hace apreciar lo que significa ser una ciudad bien educada. ¡Felicidades Medellín!
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