Domingo, 18 de Enero 2026
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En los confines del mundo: rutas hacia lo extraordinario

Lejos de los caminos previsibles, existen destinos que exigen curiosidad, resistencia y una disposición absoluta al asombro

El Informador

Los destinos exóticos no se eligen por comodidad. Exigen curiosidad, resistencia y un corazón dispuesto a sorprenderse. No se trata de sumar sellos en un pasaporte ni de descansar en playas concurridas, sino de adentrarse en territorios donde la naturaleza sigue siendo indómita, las culturas conservan raíces milenarias y las geografías imponen respeto. Safaris en humedales africanos, desiertos que parecen de otro planeta, cordilleras legendarias y ruinas que han sobrevivido a imperios enteros conforman un mapa de experiencias intensas y transformadoras.

Viajar a estos lugares implica aceptar el cansancio, el silencio, la vastedad y lo desconocido. A cambio, ofrecen algo que ningún destino convencional promete: la sensación de haber rozado, aunque sea por un instante, los bordes más intensos y bellos del mundo. El murmullo del agua al atardecer, mezclado con el rugido de los animales; el silencio absoluto bajo un cielo de dunas infinitas; o los ecos de culturas que se niegan a desaparecer. Viajar a lo remoto es abrirse a un asombro profundo, de esos que convierten un itinerario en una historia que dura para siempre. A continuación, un recorrido por algunos de los destinos exóticos más fascinantes del planeta, donde cada paisaje es un relato y cada travesía, una experiencia límite.

La primera parada se sitúa en el noroeste de Botsuana: el Delta del Okavango, uno de los sistemas de humedales más extraordinarios del mundo. En medio del desierto del Kalahari, el río se desborda cada año y crea un laberinto de canales, islas y llanuras inundadas que se convierten en refugio de una biodiversidad deslumbrante: elefantes, cebras, hipopótamos, búfalos, antílopes, leones, leopardos y cientos de especies de aves. Aquí el safari se vive de otra manera. No solo se recorre en vehículos todoterreno, sino también en mokoros, las canoas tradicionales que se deslizan en silencio por los canales, impulsadas por guías locales que conocen cada corriente y cada sonido de la sabana acuática. Hay caminatas guiadas por islas donde se aprende a leer huellas y a identificar plantas medicinales, y vuelos en avioneta que revelan desde el aire la geometría imposible del delta.

Las noches se pasan en lodges -campamentos de lujo- integrados al paisaje, donde se cena a la luz de las antorchas: carnes asadas, guisos especiados, verduras locales y vinos del sur de África, mientras los sonidos de la fauna nocturna acompañan como una orquesta salvaje. El Okavango es exótico porque es un milagro geográfico: un océano interior que florece en medio del desierto.

Mozambique: el Índico en estado puro

En el sureste de África, Mozambique despliega una costa de aguas turquesa, arenas blancas y arrecifes de coral que parecen intactos. En el archipiélago de Bazaruto, el viajero encuentra islas prácticamente vírgenes, donde el tiempo se mide por las mareas y la luz cambia de tonalidad a lo largo del día. Las actividades giran en torno al mar: buceo entre jardines de coral, snorkel con tortugas y peces tropicales, avistamiento de delfines y, en temporada, de tiburones ballena. Se navega en dhows, los veleros tradicionales, y se camina por playas solitarias donde el único rastro humano son las huellas que el oleaje borra en minutos.

La cocina es un festín marino: langostas, camarones, pulpo, pescado fresco preparado con coco, limón, ajo y chiles, herencia de la mezcla africana y portuguesa. Mozambique es distinto de los destinos de playa convencionales porque aquí el lujo no es la infraestructura, sino la sensación de aislamiento, la naturaleza intacta y la calma absoluta.

Jordania: desierto y piedra milenaria

El Wadi Rum es un mar de arena roja y formaciones rocosas que el viento ha esculpido durante siglos. Dormir en un campamento beduino, beber té alrededor del fuego y contemplar un cielo saturado de estrellas es una experiencia que devuelve al viajero a una sensación primitiva de pertenencia al mundo. Petra, la ciudad excavada en la roca, se revela tras un desfiladero estrecho: columnas, templos y fachadas rosadas emergen como un espejismo. Caminar por sus calles de piedra es recorrer la historia de caravanas, imperios y civilizaciones desaparecidas.

La gastronomía jordana -mansaf, hummus, pan recién horneado, especias aromáticas- acompaña con generosidad. Jordania es exótica por la mezcla de desierto, arqueología y hospitalidad ancestral.

Namibia: desiertos que parecen de otro planeta

Namibia es una sinfonía de extremos. En Sossusvlei, dunas rojizas de más de 300 metros de altura se alzan sobre salares blancos, creando contrastes de color que parecen irreales. Caminar al amanecer sobre estas montañas de arena, cuando el sol enciende tonos naranjas y violetas, es una experiencia casi mística. Más al norte, el Parque Nacional Etosha ofrece uno de los mejores safaris del continente. La gran planicie salina atrae a animales que se concentran en torno a los abrevaderos: elefantes, rinocerontes, jirafas, leones, antílopes y aves que llegan en bandadas. La observación se vuelve un ejercicio de paciencia y contemplación, como si se asistiera a un ritual antiguo.

La gastronomía mezcla herencias africanas y europeas: estofados cocidos lentamente, carnes a la parrilla, pan artesanal. Namibia es exótica porque ofrece silencio, vastedad y una sensación constante de estar en un territorio primordial, donde el paisaje domina y el ser humano es apenas un visitante.

Salto del Ángel, Venezuela: la caída infinita

En el corazón de la selva del sur de Venezuela, el Salto del Ángel se precipita desde casi un kilómetro de altura. Llegar hasta allí implica viajar en avionetas, navegar por ríos oscuros y caminar entre una vegetación densa. De pronto, el sonido del agua lo invade todo: una cortina blanca que se desploma desde lo alto de los tepuyes, mesetas rocosas que parecen islas suspendidas en el cielo. El entorno es de selva intacta, habitada por aves de colores intensos, mariposas gigantes y ríos de tonos ámbar. Las comidas, a base de pescado, yuca y frutas tropicales, se disfrutan como parte de una auténtica expedición. Este destino es exótico porque combina aislamiento, aventura y una naturaleza que aún conserva su carácter primigenio.

Bután: un reino que protege su tiempo

Bután es un país que decidió avanzar sin perder su esencia. El acceso está regulado para preservar su cultura y su entorno, y esa decisión se percibe en cada rincón: valles verdes, fortalezas-monasterio, pueblos donde la vida sigue un ritmo ancestral. El Nido del Tigre, colgado de un acantilado, se alcanza tras una caminata que culmina en un templo suspendido sobre el vacío. Los festivales religiosos llenan los patios de colores, máscaras y danzas que narran mitos antiguos. La cocina, sencilla y picante, se basa en arroz rojo, verduras, queso de yak y chiles.

Bután es exótico no solo por su paisaje, sino por su visión del mundo: un lugar donde la espiritualidad y la idea de felicidad colectiva marcan la vida cotidiana.

Nepal: caminar entre montañas sagradas

En el Himalaya, Nepal es sinónimo de aventura y espiritualidad. Las rutas de trekking en Annapurna o en la región del Everest atraviesan aldeas sherpas, bosques de pinos y rododendros, puentes colgantes sobre ríos glaciales y miradores desde donde las cumbres parecen flotar en el cielo. Las banderas de oración ondean en los pasos de montaña, los monasterios aparecen en riscos imposibles y el viaje se convierte en una meditación en movimiento. Tras jornadas exigentes, el descanso llega en casas de té donde se comparte dal bhat y momos -alimentos tradicionales-, sopas calientes y alimentos sencillos que reconfortan el cuerpo y el ánimo.

Nepal es un destino exótico porque exige esfuerzo físico y, a cambio, ofrece una comunión profunda con la naturaleza y con una cultura que entiende la montaña como un espacio sagrado.