Suplementos
Museo Regional Potosino
Los tesoros que San Luis Potosí ofrece a los maravillados viajeros parecen ser interminables
GUADALAJARA, JALISCO (19/JUL/2015).- En la fabulosa Plaza de Aranzazú, se asoma el insólito Museo Regional Potosino. En 1592 se fundó el Convento de San Francisco, que contó con una buena extensión para sus diversas dependencias. Lo peculiar del convento fue su hermosa capilla de Aranzazú, para el servicio de los novicios, emprendida por el hermano guardián, Joaquín de Bocanegra, edificada sobre la capilla de San Antonio, de planta arquitectónica en cruz latina, que data de 1640. La de Aranzazú comenzó en 1749 y se terminó para 1760, el detalle de haberse levantado en altos y en barroco, la convirtió en una peculiar y mágica expresión arquitectónica novohispana.
Con las leyes de Reforma, el recinto pasó a ser propiedad del gobierno. En 1870, se abrió la calle de la Tercera Orden y las capillas perdieron la mitad de su sacristía. A principios del siglo XX, el corredor que conducía al atrio y al segundo piso, se tiró y se edificó una escalera para darle una entrada independiente para su venta. Se emprendió una escuela de artes y oficios, que con la Revolución dejó de operar y funcionó como cuartel de los revolucionarios. Para 1946 se declaró monumento nacional y un año después se le otorgó a la INAH para adaptarlo como museo.
Del Museo de la Máscara, nos dirigimos al Museo Regional, era domingo y teníamos que aprovechar los museos. Recorrimos unas cuadras de bonitas fincas y entramos a la hechizante plaza, donde miramos una fuente de dos copas y al fondo una arcada de piedra aparente, que conducía a bodegas y caballerizas del convento, en el segundo nivel, cinco balcones, del costado derecho fuimos cautivados por una capilla elevada, flotada, con una preciosa ventana en el ábside y una señorial cúpula. La ventana, vertical y arqueada, en su base un niño suspendiendo la presión de las volutas, enmarcada por columnas estípites y rematada por una cara, más arriba, dos niños, al centro un nicho y una guardamalleta.
A la entrada del Museo, un franciscano con un crucifico en su mano derecha. En las Salas de la Huasteca (espacio que antaño fue la capilla de San Antonio) admiramos elaboradas figuras, una al culto fálico, con sus manos sosteniendo su miembro; una cara de Quetzalcóatl; una escultura de un natural muy tatuado y con las orejas perforadas (tendencias que se repiten); una mujer embarazada, deidad de fertilidad; una olla fitomorfa, otra efigie zoomorfa; Xilomen, diosa del maíz y “El Adolecente”, un joven desnudo caminando, tatuado con los símbolos de Huehueteotl y de Quetzalcóatl, que lleva a cuestas a una niña enrollada en un rebozo.
En los espacios dedicados a la época Colonial, apreciamos una exposición temporal de los molinos novohispanos, que nos mostró diversas “formas de molienda, por precisión, golpeteo, fricción de piedras y maderos se transformó en molinos manuales. Los molinos movidos por agua lograban una molienda más abundante y en menor tiempo”. También miramos un alambique y una prensa para aceitunas y capachos. Más adelante un rincón fue dedicado a los maestros coheteros, “los artífices de la cohetería”, “eran los encargados de causar asombro en cada una de sus obras”, donde posaban elaborados y coloridos toritos.
Una escalera nos llevó a un vestíbulo de la fantástica capilla Aranzazú, miramos una banca, un oleo de un sacerdote, un Cristo de caña, una lapida con un fraile en alto relieve y un aguamanil de piedra. Un claro nos sorprendió al mostrarnos el bello altar de la Virgen Aranzazú, con columnas corintias y un frontón truncado. Columnas estípites se elevan a las bóvedas y a la cúpula, ambas, magistralmente decoradas, con cierto toque oriental. La cúpula, circular y con ocho vanos redondos. Entre una columna se asoma con gracia el pulpito y, en los muros cuelgan admirables oleos. La clave de la portada, es el escudo de Aranzazú, “Entre espinas, tu”. Ocupamos una banca para contemplar tanta hermosura, contrastes que encantan y estremecen.
Con las leyes de Reforma, el recinto pasó a ser propiedad del gobierno. En 1870, se abrió la calle de la Tercera Orden y las capillas perdieron la mitad de su sacristía. A principios del siglo XX, el corredor que conducía al atrio y al segundo piso, se tiró y se edificó una escalera para darle una entrada independiente para su venta. Se emprendió una escuela de artes y oficios, que con la Revolución dejó de operar y funcionó como cuartel de los revolucionarios. Para 1946 se declaró monumento nacional y un año después se le otorgó a la INAH para adaptarlo como museo.
Del Museo de la Máscara, nos dirigimos al Museo Regional, era domingo y teníamos que aprovechar los museos. Recorrimos unas cuadras de bonitas fincas y entramos a la hechizante plaza, donde miramos una fuente de dos copas y al fondo una arcada de piedra aparente, que conducía a bodegas y caballerizas del convento, en el segundo nivel, cinco balcones, del costado derecho fuimos cautivados por una capilla elevada, flotada, con una preciosa ventana en el ábside y una señorial cúpula. La ventana, vertical y arqueada, en su base un niño suspendiendo la presión de las volutas, enmarcada por columnas estípites y rematada por una cara, más arriba, dos niños, al centro un nicho y una guardamalleta.
A la entrada del Museo, un franciscano con un crucifico en su mano derecha. En las Salas de la Huasteca (espacio que antaño fue la capilla de San Antonio) admiramos elaboradas figuras, una al culto fálico, con sus manos sosteniendo su miembro; una cara de Quetzalcóatl; una escultura de un natural muy tatuado y con las orejas perforadas (tendencias que se repiten); una mujer embarazada, deidad de fertilidad; una olla fitomorfa, otra efigie zoomorfa; Xilomen, diosa del maíz y “El Adolecente”, un joven desnudo caminando, tatuado con los símbolos de Huehueteotl y de Quetzalcóatl, que lleva a cuestas a una niña enrollada en un rebozo.
En los espacios dedicados a la época Colonial, apreciamos una exposición temporal de los molinos novohispanos, que nos mostró diversas “formas de molienda, por precisión, golpeteo, fricción de piedras y maderos se transformó en molinos manuales. Los molinos movidos por agua lograban una molienda más abundante y en menor tiempo”. También miramos un alambique y una prensa para aceitunas y capachos. Más adelante un rincón fue dedicado a los maestros coheteros, “los artífices de la cohetería”, “eran los encargados de causar asombro en cada una de sus obras”, donde posaban elaborados y coloridos toritos.
Una escalera nos llevó a un vestíbulo de la fantástica capilla Aranzazú, miramos una banca, un oleo de un sacerdote, un Cristo de caña, una lapida con un fraile en alto relieve y un aguamanil de piedra. Un claro nos sorprendió al mostrarnos el bello altar de la Virgen Aranzazú, con columnas corintias y un frontón truncado. Columnas estípites se elevan a las bóvedas y a la cúpula, ambas, magistralmente decoradas, con cierto toque oriental. La cúpula, circular y con ocho vanos redondos. Entre una columna se asoma con gracia el pulpito y, en los muros cuelgan admirables oleos. La clave de la portada, es el escudo de Aranzazú, “Entre espinas, tu”. Ocupamos una banca para contemplar tanta hermosura, contrastes que encantan y estremecen.