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Raiatea
Es conocida como, ''la isla sagrada'', debido a que atesora al sureste, el gran templo Taputapuatea
GUADALAJARA, JALISCO (23/DIC/2012).- Al sureste de Tahaa y al oeste de Huahine, se ubica la preciosa isla de Raiatea, isla hermana de Tahaa, ambas disfrutan de la misma sensacional laguna. Raiatea significa, “cielo Luminoso” y es conocida como, “la isla sagrada”, debido a que atesora al sureste, el gran templo Taputapuatea, dedicado al dios Oro, fue la sede religiosa de mayor relevancia en el archipiélago, se recuerda a la secta arioi. Cuenta con una superficie de 238 km2, siendo la segunda isla más grande de las Islas de la Sociedad, después de Tahití. Es considerada como la primitiva isla en poblarse y sitio de partida de importantes migraciones, como los maoris que salieron para Nueva Zelanda. El cerro Tefatoaiti es el más alto y tiene mil 17 metros. En 1769, la isla fue explorada por el capitán Cook.
Comentando de islas, Jesús Fernández Santos puso en tinta: “Robert L. Stevenson, la fantasía, el afán por la aventura, aún podía saciarse a ras de tierra… emprende en 1894 el que habría de ser su último viaje, quedándose a vivir en Vailina, en la isla de Samoa, cuyas costumbres y naturaleza nutren como siempre la literatura que va produciendo cada día, hasta el último instante de su vida. Escribe entonces en aquella isla, de la cual perece una añoranza esta otra del tesoro por él imaginada: Fiestas nocturnas, Cartas de Vailina y La presa de Hermiston”. “Stevenso -dice Louis Cazamian- dedicó un atento cuidado al arte de escribir. Conoció la penosa búsqueda de la palabra exacta, de una cadencia que fuera armoniosa y a un tiempo no demasiado regular. Su fuerza brota de un vocabulario muy variado y sutil, en el que una entera gama de estudiados matices coincide con la más chispeante vena de palabras populares, técnicas o dialectales. A veces lo exquisito de su forma va más allá quizás de lo que el tema exige, y ésta es la única debilidad que podría achacársele en determinados momentos a su prosa. Por ello, la exactitud y concisión de sus mejores momentos los alcanza en La presa de Hermiston. En ella conserva su calidad clásica, dentro de un romanticismo equilibrado”.
El Windsong levó ancla de Tiva a las cuatro de la tarde y el timonel apunto la proa rumbo sureste, rumbo a Raiatea, al poco tiempo la isla que de dejaba ver a lo lejos, bordeamos algo de la atractiva costa de Tahaa, fuimos admirando los pintorescos parajes a babor, luego nuestras miradas fueron a través de la proa, Raiatea fue cobrando forma, sobre todo su cerro Orotaio de 479 m. de altura, con laderas verticales en su cresta y la cima un tanto plana, parecía más una mesa que un cráter. A una hora de navegar por las aguas turquesa, llegamos al alegre puerto de Uturoa, capital de Raiatea, es la segunda población más grande, luego de Papeete. Detrás de la marina miramos la capilla y el caserío a los costados. A las seis y media subieron a bordo unos simpáticos niños danzantes, a brindarnos unas fabulosas danzas polinesias, pieles cobrizas, con coronas, collares y pulseras floridas, con pareos, también floridos. Al son de guitarras, tambores y cantos, fueron moviendo con gracia las caderas, los pies y las manos, su bailar fue alegre y con garbo. Una hora después se sirvió un buffet polinesio y posteriormente la orquesta se dejó escuchar en el piano bar, todos estábamos radiando de gusto en aquel romántico velero.
Al día siguiente abordamos una lancha, que entró por la desembocadura del paradisiaco río “El Faaroa”, nos adentramos contemplando la densa y variada vegetación, mangles, tules, palmeras, casuarinas, camichines y primaveras. A nuestro paso, diversas aves volaban por doquier. Raiatea ostenta una peculiar flor, endémica e insignia de la isla, la tiare apetahi, es una gardenia, blanca y de cinco pétalos. Nuestra guía era un primor de isleña, con un sombrero tapizado de flores, un grueso collar de flores, un vestido azul zafiro y un humor sumamente alegre, nos contagiaba con su agradable sonrisa de sus comentarios que se le ocurrían, lloramos de risa, nos quedamos con ganas de adoptarla, al mirarla en unas fotografías con su peculiar sonreír, sonrío nuevamente. Enseguida fuimos a bucear con visor y tubo al fantástico Hotel Balí Hai, sobre pilotes en la laguna. Más tarde caminamos por el puerto, donde apreciamos algunas artesanías.
Comentando de islas, Jesús Fernández Santos puso en tinta: “Robert L. Stevenson, la fantasía, el afán por la aventura, aún podía saciarse a ras de tierra… emprende en 1894 el que habría de ser su último viaje, quedándose a vivir en Vailina, en la isla de Samoa, cuyas costumbres y naturaleza nutren como siempre la literatura que va produciendo cada día, hasta el último instante de su vida. Escribe entonces en aquella isla, de la cual perece una añoranza esta otra del tesoro por él imaginada: Fiestas nocturnas, Cartas de Vailina y La presa de Hermiston”. “Stevenso -dice Louis Cazamian- dedicó un atento cuidado al arte de escribir. Conoció la penosa búsqueda de la palabra exacta, de una cadencia que fuera armoniosa y a un tiempo no demasiado regular. Su fuerza brota de un vocabulario muy variado y sutil, en el que una entera gama de estudiados matices coincide con la más chispeante vena de palabras populares, técnicas o dialectales. A veces lo exquisito de su forma va más allá quizás de lo que el tema exige, y ésta es la única debilidad que podría achacársele en determinados momentos a su prosa. Por ello, la exactitud y concisión de sus mejores momentos los alcanza en La presa de Hermiston. En ella conserva su calidad clásica, dentro de un romanticismo equilibrado”.
El Windsong levó ancla de Tiva a las cuatro de la tarde y el timonel apunto la proa rumbo sureste, rumbo a Raiatea, al poco tiempo la isla que de dejaba ver a lo lejos, bordeamos algo de la atractiva costa de Tahaa, fuimos admirando los pintorescos parajes a babor, luego nuestras miradas fueron a través de la proa, Raiatea fue cobrando forma, sobre todo su cerro Orotaio de 479 m. de altura, con laderas verticales en su cresta y la cima un tanto plana, parecía más una mesa que un cráter. A una hora de navegar por las aguas turquesa, llegamos al alegre puerto de Uturoa, capital de Raiatea, es la segunda población más grande, luego de Papeete. Detrás de la marina miramos la capilla y el caserío a los costados. A las seis y media subieron a bordo unos simpáticos niños danzantes, a brindarnos unas fabulosas danzas polinesias, pieles cobrizas, con coronas, collares y pulseras floridas, con pareos, también floridos. Al son de guitarras, tambores y cantos, fueron moviendo con gracia las caderas, los pies y las manos, su bailar fue alegre y con garbo. Una hora después se sirvió un buffet polinesio y posteriormente la orquesta se dejó escuchar en el piano bar, todos estábamos radiando de gusto en aquel romántico velero.
Al día siguiente abordamos una lancha, que entró por la desembocadura del paradisiaco río “El Faaroa”, nos adentramos contemplando la densa y variada vegetación, mangles, tules, palmeras, casuarinas, camichines y primaveras. A nuestro paso, diversas aves volaban por doquier. Raiatea ostenta una peculiar flor, endémica e insignia de la isla, la tiare apetahi, es una gardenia, blanca y de cinco pétalos. Nuestra guía era un primor de isleña, con un sombrero tapizado de flores, un grueso collar de flores, un vestido azul zafiro y un humor sumamente alegre, nos contagiaba con su agradable sonrisa de sus comentarios que se le ocurrían, lloramos de risa, nos quedamos con ganas de adoptarla, al mirarla en unas fotografías con su peculiar sonreír, sonrío nuevamente. Enseguida fuimos a bucear con visor y tubo al fantástico Hotel Balí Hai, sobre pilotes en la laguna. Más tarde caminamos por el puerto, donde apreciamos algunas artesanías.