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Salina San Buenaventura
De la venerada cruz de la salina, caminamos por una vereda que zigzagueaba entre eras y estanques rumbo al pozo de agua salubre, cercano a la laguna.
Saludamos a Magdaleno Andrade, quien gentilmente nos explicó el proceso de obtener sal, proceso que inicia en el pozo, de donde se bombea la peculiar agua a los estanques, permanece en ellos de cinco a siete días, para que suba a 20º de salinidad.
El agua se va pasando de estanque a estanque para subir el nivel (puesto que se reduce por evaporación) y también para elevar los grados de salinidad. Las aguas de los estanques se pueden juntar únicamente si tienen similitud en salinidad.
Las aguas se van juntando y pasando a estanques vacíos. Las salmueras pasan a eras, pilas de evaporación, delimitadas por lomillos o bordos, labor que realizaba Ramón Nieblas. Para retener las aguas de los estanques, se extendió previamente un plástico y se utiliza cal para estilar el agua. La salmuera permanece en las eras para cristalizar, dependiendo de los soles, de dos a tres días soleados, si los cielos se nublan, la fabulosa cristalización toma más tiempo.
Los bellos cristales los pizcaba Margarito Díaz Delgado, con un cepillo y después los paleaba a una carretilla para llevarlos a tender en un asoleadero, para extraerles la humedad, luego la deliciosa sal se vierte en sacos de 50 k.
De un cerrito de sal tomamos una pizca y la paladeamos con el especial gusto de haber apreciado su proceso y saber que es un regalo de la laguna y de la artesanal actividad de los salineros. Sal de cocina, sal de Colima, imprescindible ingrediente para los seres vivos, ese cloruro de sodio que da sazón a la mayoría de los platillos. Conviene evocar la frase, “Te quiero como a la sal”, bastante.
En 1857, Mathieu Fossey escribió: “la salmuera resultante se encuentra saturada a tal grado que, cuando se inundan las eras, forma en pocas horas, por evaporación, unos cristales blancos como la nieve. El número de pozos que se trabajan supera raramente los setecientos, y no es nunca inferior a quinientos. Se entiende por pozo un aparato completo de fabricación que un hombre solo puede manejar; se compone de un recipiente para la salmuera, de una era de evaporación y de una fuente de agua de mar. Cada pozo cuesta 50 piastras. De él se extraen de 80 a 100 cargas de sal, las cuales, vendidas a 12 reales, dejan un beneficio neto de 70 a 100 piastras”.
En aquel tiempo las salinas eran de Manuel de la Pedreguera Romero de Terreros. En 1615, la hacienda de Cuyutlán con sus salinas las había adquirido el capitán Rodrigo Brizuela, quien se las dejó a su hijo Bartolomé, para 1734 fue citado por el alcalde Sanz, pues se reclamaban derechos por la laguna.
En 1735 se amparó y en 1764 murió, heredando a sus hijos, pero sus acreedores de la capital del país pidieron al Real Tribunal del Consulado la posesión y remate de sus haciendas (la referida y Montitlán). Para 1766 se propuso el remate de Cuyutlán, conformada por dos sitios de salitral, fue valorada en 56 mil pesos, pero no hubo postor, y se rento por 500 pesos anuales, en 1799 le interesaron las haciendas al conde de Regla, Pedro Romero de Terreros. En 1873, las haciendas pasaron a Manuel.
Saludamos a Magdaleno Andrade, quien gentilmente nos explicó el proceso de obtener sal, proceso que inicia en el pozo, de donde se bombea la peculiar agua a los estanques, permanece en ellos de cinco a siete días, para que suba a 20º de salinidad.
El agua se va pasando de estanque a estanque para subir el nivel (puesto que se reduce por evaporación) y también para elevar los grados de salinidad. Las aguas de los estanques se pueden juntar únicamente si tienen similitud en salinidad.
Las aguas se van juntando y pasando a estanques vacíos. Las salmueras pasan a eras, pilas de evaporación, delimitadas por lomillos o bordos, labor que realizaba Ramón Nieblas. Para retener las aguas de los estanques, se extendió previamente un plástico y se utiliza cal para estilar el agua. La salmuera permanece en las eras para cristalizar, dependiendo de los soles, de dos a tres días soleados, si los cielos se nublan, la fabulosa cristalización toma más tiempo.
Los bellos cristales los pizcaba Margarito Díaz Delgado, con un cepillo y después los paleaba a una carretilla para llevarlos a tender en un asoleadero, para extraerles la humedad, luego la deliciosa sal se vierte en sacos de 50 k.
De un cerrito de sal tomamos una pizca y la paladeamos con el especial gusto de haber apreciado su proceso y saber que es un regalo de la laguna y de la artesanal actividad de los salineros. Sal de cocina, sal de Colima, imprescindible ingrediente para los seres vivos, ese cloruro de sodio que da sazón a la mayoría de los platillos. Conviene evocar la frase, “Te quiero como a la sal”, bastante.
En 1857, Mathieu Fossey escribió: “la salmuera resultante se encuentra saturada a tal grado que, cuando se inundan las eras, forma en pocas horas, por evaporación, unos cristales blancos como la nieve. El número de pozos que se trabajan supera raramente los setecientos, y no es nunca inferior a quinientos. Se entiende por pozo un aparato completo de fabricación que un hombre solo puede manejar; se compone de un recipiente para la salmuera, de una era de evaporación y de una fuente de agua de mar. Cada pozo cuesta 50 piastras. De él se extraen de 80 a 100 cargas de sal, las cuales, vendidas a 12 reales, dejan un beneficio neto de 70 a 100 piastras”.
En aquel tiempo las salinas eran de Manuel de la Pedreguera Romero de Terreros. En 1615, la hacienda de Cuyutlán con sus salinas las había adquirido el capitán Rodrigo Brizuela, quien se las dejó a su hijo Bartolomé, para 1734 fue citado por el alcalde Sanz, pues se reclamaban derechos por la laguna.
En 1735 se amparó y en 1764 murió, heredando a sus hijos, pero sus acreedores de la capital del país pidieron al Real Tribunal del Consulado la posesión y remate de sus haciendas (la referida y Montitlán). Para 1766 se propuso el remate de Cuyutlán, conformada por dos sitios de salitral, fue valorada en 56 mil pesos, pero no hubo postor, y se rento por 500 pesos anuales, en 1799 le interesaron las haciendas al conde de Regla, Pedro Romero de Terreros. En 1873, las haciendas pasaron a Manuel.