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El Jardín de los Compositores
GUADALAJARA, JALISCO (25/JUL/2010).- Frente al Templo de la Tercera Orden de Dolores Hidalgo, se encuentra el romántico Jardín de los Compositores.
Del templo atravesamos la calle Puebla para disfrutar unos momentos del jardín, su forma es rectangular y está delimitado por las calles: Jalisco y la ya mencionada, en sus lados interiores, añejas y hermosas casonas se asoman con alegría. En la esquina que hacen las calles, se levantó un pedestal de dos cuerpos para recibir una bonita escultura de un jovial y fuerte minero, de pie, descalzo, con la camisa y pantalones arriscados, con el brazo derecho levantado en escuadra y el izquierdo abajo, la cara expresando entusiasmo y sobre la cabeza un sencillo sombrero. México a través de los siglos, dice: “Desde el cerro del Cuarto los independientes atacaron la Alhóndiga con una lluvia incesante de grandes piedras; los destacamentos que cubrían las tres trincheras avanzadas tuvieron que retirarse agobiados por el número de los asaltantes y se guarecieron en el edificio. Al retirarse aquellos destacamentos, quedaron aislados los que defendían la hacienda de Dolores y el barranco de La Cata, y entregados a sus propias fuerzas. La puerta principal del edificio se sostenía firme a los golpes que los sitiadores le asestaban. Un operario de la mina de Mellado, joven de veinte años y de nombre Juan José, cubriéndose con una larga losa se deslizó a lo largo de la pared, llegó a la puerta, la untó con aceite y brea y le prendió fuego. Destruido aquel obstáculo, los asaltantes se precipitaron en el interior, y en el patio se trabó un combate a muerte”. Juan José de los Reyes Martínez Amaro, mejor conocido como “El Pipila”, oriundo de San Miguel el Grande. Monumento que evoca heroísmo.
Luego de admirar la simbólica escultura, nos adentramos al fabuloso jardín, casi al centro hay un bizarro kiosco octagonal con columnas cuadradas y dragones que iluminan el espacio cuando el sol se retira, siete peldaños invitan a subirlo, el zócalo y el techo fueron cubiertos por azulejos talavera, había unas bicicletas recargadas en el zócalo, transportes de unos pedalista que optaron por encontrarse con el ameno rincón. Alrededor del kiosco, gruesos y delgados árboles brindaban sombra a los visitantes, y cobijo a las aves, bancas por doquier, donde no había bancas, las barbicanas de las jardineras servían como tal. Al sur del kiosco, vimos una fuente circular de tres copas, sus canteras pedían ser llenadas, más al sur, unos añosos y bellos árboles y luego una explanada, donde apreciamos una agradable fachada de una casa, con guarda polvo de piedra laja, muros color marrón, con una puerta y cuatro ventanas arqueadas en medio punto y con forja. Del lado poniente miramos una preciosa casa con dos señoriales ventanas verticales, que rematan muy por arriba del marco de la puerta, sobre sus remates había palomas tomando el sol, al igual que en sus cornisas. Le sigue una casa azul pastel, con tres vanos, dos apareados, y por último una casa verde tenue, con dos puertas pegadas y tres ventanas verticales con forja.
Ocupamos una banca del costado Sureste, esquina donde se reúnen diariamente varios mariachis para esperar ser contratados, entre tanto platican de los aconteceres recientes o practican algunas canciones, tuvimos la dicha de escuchar unas, entre ellas, una de un extraordinario y sensible compositor, y cantante a la vez, que finalizó con la siguiente estrofa:
Camino de Santa Rosa
la sierra de Guanajuato,
allí nomás tras lomita
se ve Dolores Hidalgo.
yo allí me quedo paisanos,
allí es mi pueblo adorado.
José L. Fabela García puso en tinta: “José Alfredo apenas andaba por los 8 años de edad, pero la inquietud por componer ya le empezaba a revolotear el alma y ya por ahí de los 12 años, mostraba con orgullo a su madre y hermanas algunas cosas que había escrito ya de manera inspirada, como preámbulo de todo lo que estaba por venir. Las grandes aficiones de toda su vida fueron: el futbol… el box… y sin duda el más trascendente de todos, componer e interpretar sus propias canciones”.
Del templo atravesamos la calle Puebla para disfrutar unos momentos del jardín, su forma es rectangular y está delimitado por las calles: Jalisco y la ya mencionada, en sus lados interiores, añejas y hermosas casonas se asoman con alegría. En la esquina que hacen las calles, se levantó un pedestal de dos cuerpos para recibir una bonita escultura de un jovial y fuerte minero, de pie, descalzo, con la camisa y pantalones arriscados, con el brazo derecho levantado en escuadra y el izquierdo abajo, la cara expresando entusiasmo y sobre la cabeza un sencillo sombrero. México a través de los siglos, dice: “Desde el cerro del Cuarto los independientes atacaron la Alhóndiga con una lluvia incesante de grandes piedras; los destacamentos que cubrían las tres trincheras avanzadas tuvieron que retirarse agobiados por el número de los asaltantes y se guarecieron en el edificio. Al retirarse aquellos destacamentos, quedaron aislados los que defendían la hacienda de Dolores y el barranco de La Cata, y entregados a sus propias fuerzas. La puerta principal del edificio se sostenía firme a los golpes que los sitiadores le asestaban. Un operario de la mina de Mellado, joven de veinte años y de nombre Juan José, cubriéndose con una larga losa se deslizó a lo largo de la pared, llegó a la puerta, la untó con aceite y brea y le prendió fuego. Destruido aquel obstáculo, los asaltantes se precipitaron en el interior, y en el patio se trabó un combate a muerte”. Juan José de los Reyes Martínez Amaro, mejor conocido como “El Pipila”, oriundo de San Miguel el Grande. Monumento que evoca heroísmo.
Luego de admirar la simbólica escultura, nos adentramos al fabuloso jardín, casi al centro hay un bizarro kiosco octagonal con columnas cuadradas y dragones que iluminan el espacio cuando el sol se retira, siete peldaños invitan a subirlo, el zócalo y el techo fueron cubiertos por azulejos talavera, había unas bicicletas recargadas en el zócalo, transportes de unos pedalista que optaron por encontrarse con el ameno rincón. Alrededor del kiosco, gruesos y delgados árboles brindaban sombra a los visitantes, y cobijo a las aves, bancas por doquier, donde no había bancas, las barbicanas de las jardineras servían como tal. Al sur del kiosco, vimos una fuente circular de tres copas, sus canteras pedían ser llenadas, más al sur, unos añosos y bellos árboles y luego una explanada, donde apreciamos una agradable fachada de una casa, con guarda polvo de piedra laja, muros color marrón, con una puerta y cuatro ventanas arqueadas en medio punto y con forja. Del lado poniente miramos una preciosa casa con dos señoriales ventanas verticales, que rematan muy por arriba del marco de la puerta, sobre sus remates había palomas tomando el sol, al igual que en sus cornisas. Le sigue una casa azul pastel, con tres vanos, dos apareados, y por último una casa verde tenue, con dos puertas pegadas y tres ventanas verticales con forja.
Ocupamos una banca del costado Sureste, esquina donde se reúnen diariamente varios mariachis para esperar ser contratados, entre tanto platican de los aconteceres recientes o practican algunas canciones, tuvimos la dicha de escuchar unas, entre ellas, una de un extraordinario y sensible compositor, y cantante a la vez, que finalizó con la siguiente estrofa:
Camino de Santa Rosa
la sierra de Guanajuato,
allí nomás tras lomita
se ve Dolores Hidalgo.
yo allí me quedo paisanos,
allí es mi pueblo adorado.
José L. Fabela García puso en tinta: “José Alfredo apenas andaba por los 8 años de edad, pero la inquietud por componer ya le empezaba a revolotear el alma y ya por ahí de los 12 años, mostraba con orgullo a su madre y hermanas algunas cosas que había escrito ya de manera inspirada, como preámbulo de todo lo que estaba por venir. Las grandes aficiones de toda su vida fueron: el futbol… el box… y sin duda el más trascendente de todos, componer e interpretar sus propias canciones”.