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Hacienda la Erre

GUADALAJARA, JALISCO (19/SEP/2010).- Al noroeste del cerro El Común, y a un costado de la presa Peñuelitas, se localiza la atractiva e histórica Hacienda La Erre.

De la estación del tren, nos dirigimos por el camino a Xoconoxtle; a unos cuatro kilómetros pasamos El Mezquital y a un kilómetro pasado viramos a la izquierda por el camino a la hacienda; otro kilómetro y vimos el casco de La Erre, sus fachadas amarillas con los marcos de sus vanos en rojo. La fachada principal con un alto marco del portón, conformado por canteras, del lado derecho, hay dos puertas que ligan con una terraza techada, y del lado izquierdo está una ventana alta y horizontal; le sigue una ventana vertical que fue tapada, a corta distancia se ubica el marco de una troja entre buganvillas rosas; el nivel de techo lo delatan unas gárgolas, en la esquina hay una puerta entre bancas, probablemente fue la tienda de rayas. La fachada lateral inicia con una inscripción sobre azulejos talavera y dice: “Adelante señores, vámonos ya, se le ha puesto el cascabel al gato, falta ver quiénes son los que sobramos”, palabras pronunciadas por el cura Hidalgo después de haber almorzado con su  ejército Insurgente. La sala y los corredores de la hacienda funcionaron también como comedores; era el histórico 16 de septiembre de 1810, el ejercito procedía de Dolores y se dirigía a Atotonilco. Debajo del célebre letrero está una banca, donde nos sentamos  a mirar una encantadora mezquitera; antes del almuerzo, el pensante cura celebró misa debajo de un mezquite, encomendando la lucha y orando con los primitivos insurgentes, aquel glorioso día. El administrador de la hacienda, abrió el cuarto de herramientas y se las obsequió al heroico ejército: machetes, hoces, bieldos, y cuchillos. Llegaron los hermanos Gutiérrez con lanzas, que el cura les había pedido. Varios labriegos de la hacienda de Santa Bárbara se sumaron al determinante ejército, engrosando las filas. En 1803, Hidalgo inició su gobierno en el curato de Dolores, y uno de los sitios que le gustaba visitar era la hacienda, sobre todo cuando se realizaban herraderos o corridas, no se los perdía por ningún motivo. Del letrero continúa una puerta, que abre a la supuesta tienda, y más adelante se encuentra un portón.

Atravesamos el umbral del portón principal y empezamos a admirar la insólita finca, el amplio zaguán por donde entraban los carruajes, donde se podían detener cuando llovía, puesto que una puerta lateral del zaguán liga con un salón, dos peldaños suben al amplio espacio, a los costados de la puerta hay bancas, puerta que conserva su remate arqueado y de madera, fraccionado en cuatro ventanas; el segundo vano del zaguán es en arco de medio punto, que liga con el patio principal, donde se asoman dos portales: el lateral fue dividido por un pasillo con arcos en medio punto, pasillo que nos llevó a un segundo patio con mas recámaras, al fondo hay unos comederos para vacas, y a un lado una troja con contrafuertes, cerca de la troja percibimos un fabuloso molino redondo con altos muros, sauces a un lado y del otro lado, un canal con agua. A corta distancia del molino miramos añejos árboles frutales. Volvimos al patio principal y otro pasillo nos invitó a seguirlo, y a pocos pasos nos encontramos con un bizarro acueducto, que da quiebres de 135 grados, arcos en medio punto lo conforman, ladrillos y piedras le dan textura, a un costado del acueducto apreciamos las caballerizas, los macheros y unos corrales entre sauces y pirules, salimos por el portón lateral. Un galerón conserva en su clave el año, 1534. La edición Viajes de Indias dice: “Esta hacienda es del Mariscal de Castilla, que la tiene destinada para cría de ganado menor, la casa es grande, con una plaza a su frente para jugar toros en ella cuando viene el dueño a visitarla, la capilla cómoda y la habitación no de las peores, las oficinas espaciosas y acreditado toda la opulencia que gozaron sus propietarios. A poca distancia de la casa está la viña y huerta, cuya frondosidad aún no se había visto en la Nueva España”. El mariscal era, Agustín Guerrero de Luna, su esposa fue, María Teresa de Villaseca.

Al salir de la hacienda fuimos cautivados por la bonita Capilla de la Asunción, que en sus inicios fue vicaría, apoyada por la Parroquia de San Miguel “El Grande”, precursora de la Parroquia de Dolores. La portada es de cantera rosa, la puerta en arco de medio punto, la ventana coral vertical y por remate una cruz. En tiempos posteriores se adosó un campanario de tres cuerpos, con un vano arqueado por cara. Frente al atrio vimos una cabeza de águila, que conmemora la independencia.    

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