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Ahuacatlán
GUADALAJARA, JALISCO (10/OCT/2010).- Entre el Volcán el Ceboruco y el cerro La Burrosa, se encuentra el atractivo poblado llamado Ahuacatlán.
De Ixtlán, seguí el camino a Marquezado y a unos ocho kilómetros, el pequeño cerro el Ceboruquito, me dio la bienvenida a Ahucatlán, ahucalt, árbol de frutas comestibles, tlan, desinencia de lugar, por lo tanto significa, “lugar de aguacates”. Ignacio Ramírez López, nos dice: “…en 1524, Hernán Cortés comisionó para afirmar esta conquista y abrir nuevas rutas, a su pariente Don Francisco Cortés de San Buenaventura, quien después de permanecer un tiempo en Colima, salió con 25 jinetes, 50 de infantería, dos cañones y algunas fuerzas aliadas, rumbo al Norte. Los expedicionarios después de tocar Ameca y Etzatlán, se internaron en territorio nayarita, pasando por Ixtlán y Ahuacatlán”.
Al llegar a la plaza fui cautivado por un hermoso templo de piedra, dedicado a la Inmaculada Concepción, data del siglo XVII; su puerta fue rematada en arco de medio punto, sobre capiteles dóricos, enmarcada por medias columnas del mismo orden y con un cornisamento sobrio, la ventana coral es alta, en arco agudo lanceolado, y muestra una cruz, arriba hay un nicho con la Virgen, la fachada fue rematada en semicírculo con una bonita cruz de cantera gris, a los lados están dos bizarros torreones circulares que albergan escaleras y enmarcan con gracia la fachada. Del costado derecho se localiza el increíble campanario, entre torreones, como el templo, de planta cuadrada y de dos cuerpos, el primero enseña un arco agudo y el segundo un vano circular y, se cubrió con una pirámide con un oval. Compré un coco y lo degusté admirando el templo.
Luego recorrí la plaza, a un costado del kiosco trilobulado vi el busto de Prisciliano Sánchez Padilla (1783-1826), quien fuera el primer gobernador de Jalisco, oriundo de la tierra de aguacates, homenaje a su memoria. Después me senté en una banca sombreada de la plaza, al lado de una fuente octagonal, de una copa, al fondo se dejaba un templo, consagrado a San francisco de Asís, la puerta la tapaba un árbol, pero pude apreciar la cornisa, la ventana coral, dividida en tres emplomados, arriba un nicho con San Francisco, a los costados, una preciosa columna circular con capiteles corintios, donde posa una almena, continua una espadaña, abrazada por sencillos campanarios de un cuerpo, con cúpula y almena, la espadaña la conforman tres vanos arqueados arriba de la cornisa, le siguen dos vanos pequeños y remata con un reloj, con cúpula y vistosa cruz, unas almenas animan la espadaña. Me acerqué a mirar el templo y fui sorprendido por una escultura, era el ejemplar San Francisco, de pie y algo inclinado, con su mano izquierda tomando una pata delantera del hermano lobo, y con la mano derecha, acariciando su lomo con profundo sentimiento. Detrás de la escultura, la puerta, arqueada en medio punto, con capiteles dóricos, la clave dovelada a la cornisa, a los costados, medias columnas estriadas con capiteles corintios. El interior es de una sola nave, al entrar, está un San Francisco, a un costado de la pila, sobre el muro aledaño, se pintó un cristo con santos. Las bóvedas fueron por arista y el altar con columnas jónicas y un frontón de arco rebajado, con el santo patrono.
Al salir del templo, vi los balcones del curato, antaño estuvo el convento, Everardo Peña Navarro, escribió: “Desde que el P. Fray Francisco Lorenzo fundó el convento franciscano de Etztlán, estuvo atendiendo la doctrina de los naturales de Ixtlán y Ahuacatlán, y aunque había pretendido establecerse en este último pueblo, no fue sino hasta el años de 1550 que logró fundar el convento de Ahuacatlán, llevando por compañero al P. Fray Miguel de Estivales; estableciendo desde luego escuela para enseñar la doctrina y a leer y escribir a los niños de su provincia… El primer guardián fue el P. Fray Diego de Pinto, nombrado en 1551”.
Del curato fui a los portales y los anduve pausadamente, admirando maravillosas casonas con alegres zaguanes y patios. Al costado de un portal, contemplé una sensacional casa, con vanos altos, arqueados y con marcos azules, enseguida recorrí una estrecha calle con románticos balcones. Frente a los portales se estaban levantando arcadas de medio punto y con clave saliente, para formar más cautivadores portales, y así embellecer más a Ahuacatlán.
De Ixtlán, seguí el camino a Marquezado y a unos ocho kilómetros, el pequeño cerro el Ceboruquito, me dio la bienvenida a Ahucatlán, ahucalt, árbol de frutas comestibles, tlan, desinencia de lugar, por lo tanto significa, “lugar de aguacates”. Ignacio Ramírez López, nos dice: “…en 1524, Hernán Cortés comisionó para afirmar esta conquista y abrir nuevas rutas, a su pariente Don Francisco Cortés de San Buenaventura, quien después de permanecer un tiempo en Colima, salió con 25 jinetes, 50 de infantería, dos cañones y algunas fuerzas aliadas, rumbo al Norte. Los expedicionarios después de tocar Ameca y Etzatlán, se internaron en territorio nayarita, pasando por Ixtlán y Ahuacatlán”.
Al llegar a la plaza fui cautivado por un hermoso templo de piedra, dedicado a la Inmaculada Concepción, data del siglo XVII; su puerta fue rematada en arco de medio punto, sobre capiteles dóricos, enmarcada por medias columnas del mismo orden y con un cornisamento sobrio, la ventana coral es alta, en arco agudo lanceolado, y muestra una cruz, arriba hay un nicho con la Virgen, la fachada fue rematada en semicírculo con una bonita cruz de cantera gris, a los lados están dos bizarros torreones circulares que albergan escaleras y enmarcan con gracia la fachada. Del costado derecho se localiza el increíble campanario, entre torreones, como el templo, de planta cuadrada y de dos cuerpos, el primero enseña un arco agudo y el segundo un vano circular y, se cubrió con una pirámide con un oval. Compré un coco y lo degusté admirando el templo.
Luego recorrí la plaza, a un costado del kiosco trilobulado vi el busto de Prisciliano Sánchez Padilla (1783-1826), quien fuera el primer gobernador de Jalisco, oriundo de la tierra de aguacates, homenaje a su memoria. Después me senté en una banca sombreada de la plaza, al lado de una fuente octagonal, de una copa, al fondo se dejaba un templo, consagrado a San francisco de Asís, la puerta la tapaba un árbol, pero pude apreciar la cornisa, la ventana coral, dividida en tres emplomados, arriba un nicho con San Francisco, a los costados, una preciosa columna circular con capiteles corintios, donde posa una almena, continua una espadaña, abrazada por sencillos campanarios de un cuerpo, con cúpula y almena, la espadaña la conforman tres vanos arqueados arriba de la cornisa, le siguen dos vanos pequeños y remata con un reloj, con cúpula y vistosa cruz, unas almenas animan la espadaña. Me acerqué a mirar el templo y fui sorprendido por una escultura, era el ejemplar San Francisco, de pie y algo inclinado, con su mano izquierda tomando una pata delantera del hermano lobo, y con la mano derecha, acariciando su lomo con profundo sentimiento. Detrás de la escultura, la puerta, arqueada en medio punto, con capiteles dóricos, la clave dovelada a la cornisa, a los costados, medias columnas estriadas con capiteles corintios. El interior es de una sola nave, al entrar, está un San Francisco, a un costado de la pila, sobre el muro aledaño, se pintó un cristo con santos. Las bóvedas fueron por arista y el altar con columnas jónicas y un frontón de arco rebajado, con el santo patrono.
Al salir del templo, vi los balcones del curato, antaño estuvo el convento, Everardo Peña Navarro, escribió: “Desde que el P. Fray Francisco Lorenzo fundó el convento franciscano de Etztlán, estuvo atendiendo la doctrina de los naturales de Ixtlán y Ahuacatlán, y aunque había pretendido establecerse en este último pueblo, no fue sino hasta el años de 1550 que logró fundar el convento de Ahuacatlán, llevando por compañero al P. Fray Miguel de Estivales; estableciendo desde luego escuela para enseñar la doctrina y a leer y escribir a los niños de su provincia… El primer guardián fue el P. Fray Diego de Pinto, nombrado en 1551”.
Del curato fui a los portales y los anduve pausadamente, admirando maravillosas casonas con alegres zaguanes y patios. Al costado de un portal, contemplé una sensacional casa, con vanos altos, arqueados y con marcos azules, enseguida recorrí una estrecha calle con románticos balcones. Frente a los portales se estaban levantando arcadas de medio punto y con clave saliente, para formar más cautivadores portales, y así embellecer más a Ahuacatlán.