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El músculo del miedo

Hay domingos que huelen a gasolina y a ceniza. El 22 de febrero, tras el operativo federal en la sierra de Tapalpa que culminó con la muerte de Nemesio Oseguera, El Mencho, la respuesta de su organización fue inmediata: quema de vehículos, bloqueos carreteros, ataques a comercios, miedo extendido como neblina sobre ciudades y caminos.

Desde la psicología política, esto no es un arrebato sin brújula. Es un lenguaje. Cuando una estructura criminal pierde a un líder, el golpe no es sólo operativo, es simbólico: cae una figura-tótem, una promesa de invulnerabilidad. Entonces aparece la urgencia de demostrar continuidad, de decirle a sus filas y al Estado: “seguimos aquí”. La violencia pública funciona como una firma en tinta de fuego. No busca ganar batallas, busca dominar el ánimo colectivo, romper la sensación de normalidad y recordar quién puede detener la vida cotidiana en un instante con sólo tronar los dedos.

También es un mensaje hacia adentro. En toda organización basada en el miedo y las ganancias, la ausencia del jefe abre grietas: disputas, desbandadas, traiciones. El espectáculo del caos es una disciplina: se reafirma la cadena de mando, se prueba lealtad, se impone silencio. El duelo se vuelve propaganda.

En psicohistoria, estos estallidos se entienden mejor si miramos el aprendizaje social de la permisividad. Durante años, en no pocos territorios, el crimen organizado dejó de ser un actor oculto y se volvió un “administrador” informal: regula, cobra, castiga, reparte favores y construye lealtades. Vende protección, pero también compra protección. Y cuando el Estado, por cálculo, miedo o conveniencia, tolera la expansión de ese poder, se va escribiendo un pacto tácito: yo te dejo operar, tú mantienes un orden útil. El día en que ese acuerdo se rompe, la reacción no se siente como justicia, sino como traición. Y la “reclamación” llega como un reproche violento: si no cumples tu palabra, te enseño a cobrar la factura.

Por eso lo ocurrido confirma una lógica terrorista más allá del narcotráfico: atacar bienes, rutas y comercios no es sólo venganza, es presión política. Se golpea a la población para que la población golpee al gobierno con miedo, cansancio o súplica. Es la economía emocional del chantaje: convertir la angustia en herramienta de negociación.

La salida no es el discurso tranquilizador ni la épica momentánea. Es poner límites antes de que el monstruo crezca más, cortar redes de corrupción y financiamiento, proteger a víctimas y testigos, reconstruir policías y, sobre todo, devolver a la ciudadanía una idea sencilla: que el Estado no negocia la paz con quienes la incendian. Sin esa claridad, cada captura será seguida por otra noche de humo. Con esa claridad, el miedo deja de mandar y vuelve a ser sólo una señal de alarma, no un destino.

dellamary@gmail.com

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