Por un nosotros o por sálvese quien pueda
La captura y muerte de El Mencho provocó que corrieran, opiniones, especulaciones, análisis, recuentos de su vida, de su organización, la nota incluso llegó al Congreso de Estados Unidos en voz de Donald Trump. No escasean los vaticinios: quién liderará el cártel Nueva Generación; que si el emporio tomará tal o cual rumbo; se mantendrá cohesionado o se partirá para dar lugar a otros; cuántos de sus aliados en el poder público serán defenestrados, en las policías, en las fuerzas armadas, en el ámbito de las finanzas y las empresas. Una constante: nadie duda que el cartel permanecerá, de un modo u otro. Hay coincidencia en que el armazón de la organización quedó intocado, nomás es cosa de que con los métodos que usan los criminales, alguna, alguno resulte el nuevo cortacircuitos hasta que, como Nemesio Oseguera, se funda y haya que ir por otro a la “tlapalería”: todo para que su cártel funcione.
No hay quien haya dicho o escrito: con El Mencho en vías de dar con sus huesos en la tierra, el cártel se acabó, triunfó la justicia, avanza el estado de derecho, volverá la paz a los lugares en los que señoreaba, la seguridad y los servicios públicos, salud, educación, agua, transporte y demás, retomarán la calidad y constancia que la nociva influencia del delincuente había secuestrado. Ni la prensa proclive a ponerse del lado los gobiernos se ha atrevido a afirmar que de aquí en adelante la Constitución con sus leyes volverá a ser la norma única.
Han resultado entretenidas las crónicas sobre el tipo de vida que el personaje llevaba en sus últimos días. Las papas en la despensa, sus devociones religiosas, el botiquín del que se servía, la lista de “compras” de policías y la de los gastos en fruslerías. Ese pase mágico que hace la muerte por sobre lo que fue la vida de cualquier difunto, comenzó a obrar el portento apenas se hizo oficial el deceso: más curiosidad y morbo generaron sus gustos, manías y enfermedades evidenciados en las muestras que la Fiscalía General de la República dispuso que conociéramos, que enojo por la violencia que ejerció sin pudor, con impunidad (y así se fue, no lo pudo juzgar un tribunal) contra la sociedad, personalizada en decenas de miles de asesinados, mujeres, niñas, hombres y niños, de desaparecidos, las incontables (porque la autoridad no quiere contarlas) propiedades que por la regalada gana de los delincuentes que él comandaba decidían expropiar; el abuso cotidiano de la extorsión, del cobro de derecho de piso; la trata de personas, el reclutamiento forzado de jóvenes… qué importan si podemos ver las fotos de su cocina, de su cama destendida e imaginarlo corriendo por el monte, dicen que acorralado.
Si ante su muerte la reacción de su empresa criminal fue de película: la activación de sus fuerzas, sincronizada, ubicua, cada uno de sus elementos supo qué hacer, sin oposición, para incendiar, disparar al aire, exhibirse armados hasta los dientes, para taponar el paso en carreteras, en calles. Si su muestra de furia generó dos días de un miedo espeso, palpable, que cubrió a Guadalajara, a Puerto Vallara, San Juan de Los Lagos y a tantos sitios de Jalisco en los que las fuerzas del orden (así se les llama inercialmente) decidieron replegarse y callar muchas horas -y no sólo en Jalisco, y no sólo las fuerzas del orden municipales y estatales, también las federales-. Si todo fue así, o peor, qué tipo de nosotros quedó perfilado ¿hay un nosotros? De entre los criminales, uno cae y se movilizan miles. De entre la sociedad, millones pagan las consecuencias, ponen las centenas de miles de víctimas, ¿quién se moviliza?
La estructura del crimen organizado es conocida. Sus “leyes” son de acatarse: el que se las hace, se las paga, también se las paga quien nomás iba de paso o estaba en el sitio que les interesaba y no les debía algo. La estructura del constitucional sistema de justicia, de la policía que primero conoce de los delitos a las agencias del ministerio público, de las fiscalías a los jueces de control, los tribunales y hasta los centros penitenciarios, más la militarización de la seguridad pública, las leyes de las que mana su legitimidad y su fuerza no son de acatarse, quien las quiebra, no la paga, es más: puede que le extiendan un salvoconducto.
Esta descripción de las condiciones de inseguridad, de todo tipo, en las que está el país, no debe ser punto de llegada, sino punto de quiebre: entre más dejamos que la brecha de la desconfianza crezca entre gobernantes y gobernados, más beneficios para los malhechores. Soldados, guardias nacionales, marinos y policías de todas índoles, ponen literalmente el pecho a las balas, pero, es evidente, no ha bastado y muchos han muerto. Y al mismo tiempo, muchísimas mujeres y hombres, de todas las edades, al tratar de aclimatarse a la atmósfera de las violencias que los azuelan, quedan en un limbo en el que la valoración del bien y el mal debe ser pragmática, no moral, porque de lo que se trata es de sobrevivir, las reglas y las cuotas y los premios y los castigos los impone “la plaza” (denominación de la célula de criminales que rige en una zona específica del territorio) y no obstante, tantos han muerto y desparecido.
Para tomar control de nuestro destino, trabajar unidos y edificar la confianza luce pertinente, pero fijemos lo irrenunciable: la libertad de expresión, el derecho a saber y el derecho de todas, de todos, a participar en la deliberación que lleve a la salida del estado de emergencia que hoy es normal, que es rutina. Y quienes, en un cargo público, no puedan con esto, no esperemos a que renuncien: exijámoslo. A veces dejan la impresión de que quienes les impiden hacer bien su trabajo son la gente y los medios de comunicación que demandan verdad, seguridad y paz.