Hay abrazos que no consuelan. Hay silencios que hablan más fuerte que cualquier decreto. Y hay pactos que no se firman en papel, sino en el aire espeso de los pasillos municipales donde la ley llega tarde y la conveniencia llega primero.México mira hoy una escena conocida —y por eso peligrosa—: en demasiadas regiones del país, el crimen organizado y el poder local ya no chocan como piedras, sino que se acomodan como engranes. La psicohistoria advierte que los grandes deterioros no siempre entran por la puerta con violencia; a veces se instalan por la ventana como costumbres: un favor “menor”, una campaña “apoyada”, un contrato “arreglado”, una mirada hacia otro lado que termina volviéndose un hábito.El politólogo Peter A. Lupsha la llamó una relación simbiótica: cuando la ilegalidad no destruye al Estado, sino que aprende a usarlo; cuando ya no se sabe dónde termina la oficina pública y dónde empieza la empresa clandestina. La frontera se vuelve niebla.En esa niebla prosperan consignas luminosas que pueden volverse anestesia colectiva. “Abrazos, no balazos” nació como promesa de pacificación: atender las causas, evitar incendios. Pero, desde la psicología política, toda renuncia a disputar el control real del territorio abre un vacío, y el vacío —como el agua— busca el camino de menor resistencia. Si la mano del Estado se retira, alguien más toma el volante, y lo toma sin juramento.Achille Mbembe, con su idea de necropolítica, nos recuerda que el poder último es decidir quién vive y quién muere. Cuando esa soberanía se ejerce de hecho fuera del Estado, la ciudadanía aprende una pedagogía amarga: pagar, callar, obedecer y sobrevivir.Y aquí aparece Albert Bandura con otra llave: el desenganche moral. La mente humana sabe renombrar lo inconveniente para dormir en paz: “prudencia” a la concesión, “gobernabilidad” a la omisión, “realismo” a la complicidad. No siempre hay maldad explícita; a veces hay autoconsuelo bien vestido.Pero este artículo no pretende ser una denuncia, pues sería otra sombra más. La salida empieza por una verdad simple: la paz no se decreta; se construye con instituciones que no se alquilan y con ciudadanos que no se resignan.Sugerimos tres pasos, modestos pero decisivos: transparencia radical del financiamiento político y de la contratación municipal; protección efectiva a denunciantes, periodistas y servidores públicos íntegros; y una cultura cívica que premie el valor —no el rumor—, la vigilancia —no la apatía—, una comunidad valiente —no el predominio del miedo.El abrazo que México necesita no es el que se dan el poder y la sombra. Es el que se dan los que deciden vivir de cara a la luz: manos abiertas, sí, pero con las palmas limpias.dellamary@gmail.com