Un funcionario municipal no “firma” un pacto con el crimen organizado como quien firma un contrato. A veces empieza con una sonrisa de cortesía, un saludo muy cálido, un favor “pequeño” que no deja huella… y termina con una cuerda invisible al cuello. Eso es, en esencia, tener nexos: no solo recibir dinero, sino entrar en una red de lealtades torcidas donde la decisión pública deja de servir al ciudadano y comienza a servir al miedo, al interés o a la complicidad. Un nexo es un puente clandestino: por ahí circula información, protección, permisos, silencio. Y un acuerdo invisible: ya sea por miedo, dinero o hacerse de la vista gorda —cuando se compra— se vuelve una moneda más.Psicoemocionalmente, el primer motor suele ser la sed de control. El funcionario vive presionado: demandas, carencias, urgencias, expectativas. Y en esa tormenta aparece la promesa del atajo: recursos inmediatos, “seguridad”, poder rápido. El ego lo traduce así: “Con esto por fin podré resolver, por fin podré mandar, por fin me respetarán”. Pero el respeto comprado es una máscara; por dentro crece el temblor.Hay también motivaciones más íntimas: la codicia maquillada de necesidad, el deseo de ascenso social, la vergüenza de no “estar a la altura”, la comparación con otros que parecen prosperar sin escrúpulos. Y, sobre todo, una emoción primaria: el miedo. Miedo a perder el puesto, miedo a que “le hagan daño” a los suyos, miedo a quedarse solo ante un sistema que percibe como invencible. Entonces la mente fabrica justificantes: “Todos lo hacen”, “si no acepto, alguien peor ocupará mi lugar”, “es temporal”. Pero lo temporal, cuando se alimenta, echa raíces.La mentira se vuelve rutina, y la rutina se vuelve identidad. El funcionario ya no solo oculta: se oculta a sí mismo. Hasta que un día despierta y descubre que su firma ya no le pertenece, que su palabra ya no pesa, que su mirada se acostumbró al fango.Y, sin embargo, aún allí existe una puerta: la conciencia. Ninguna red es más fuerte que un corazón que decide volver a la verdad. Porque la dignidad no es un lujo: es el oxígeno del alma pública. Y cuando alguien —aunque sea uno solo— elige limpiar su palabra, renuncia al atajo y vuelve al servicio, esa decisión se vuelve contagiosa: una chispa humilde capaz de recordarnos que la ciudad también puede sanar, empezando por la mente que se atreve a decir: “Hasta aquí” y deja los nexos y termina con su mentira.dellamary@gmail.com