Guadalajara no deja de crecer hacia arriba, tan solo basta con levantar la mirada. Pero el problema no es la verticalización, sino cómo se está haciendo y a quiénes aplasta en el camino.Después de décadas expandiéndose como plato de chilaquiles desparramados, la ciudad descubrió que el suelo es finito y que, tarde o temprano, había que construir hacia arriba. Sobre todo, si nos seguimos reproduciendo. Pero nadie avisó a los vecinos que ellos pagarían los platos rotos.Hace poco más de nueve años, Martha, una mujer de la tercera edad, vivía tranquilamente en Prados Providencia. Su familia pasó décadas construyendo su patrimonio: su casa y algunos consultorios cuya renta le daba tranquilidad.Entonces, un hospital aledaño decidió ampliar sus instalaciones. Durante la construcción de una nueva torre, la propiedad de Martha sufrió daños estructurales. No solo perdió la posibilidad de seguir rentando los espacios que había construido con años de trabajo, sino que también tuvo que abandonar su propio hogar ante el riesgo de seguir habitándolo.La familia afectada asumía que el hospital ofrecería una pronta solución. Ante la ausencia de ello, demandó.Después de varios años en juicio sigue esperando la reparación de los daños. Mientras tanto, los demandados, según relata, han recurrido a alargar el juicio. Lo que, usualmente, lleva a los afectados a aceptar una compensación menor. Una bicoca, como decía mi abuelo.La historia podría parecer excepcional, pero no lo es. La señora Guadalupe Sarabia tiene 76 años y vivió más de seis décadas en la calle Lerdo de Tejada, en la Colonia Arcos Vallarta. Ahí tenía su casa y también tres negocios familiares.La pesadilla comenzó con la construcción de una torre de departamentos a un costado. En 2019, Protección Civil le ordenó a la señora Sarabia desalojar su casa debido a los daños ocasionados por la obra.En un inicio parecía que el desarrollador asumiría su responsabilidad e, incluso, firmó un convenio de justicia alternativa, legalmente equiparable a una sentencia.Pero el convenio se incumplió. Desde entonces el proceso se ha convertido en una carrera de obstáculos legales: incidentes, nulidades y todo recurso procesal disponible para desgastar a la parte más débil del conflicto.Estos no son casos aislados. Son el reflejo del auge inmobiliario de la ciudad que, en muchos casos, convive con una realidad incómoda. Los vecinos son desplazados, sus casas dañadas y los procesos judiciales se alargan tanto que sirven como estrategia de negociación a favor de los desarrolladores.Habitantes de distintas colonias han comenzado a alzar la voz y el tema ya llegó al Congreso de Jalisco. Eso es una señal de que algo se mueve, pero no necesariamente en la dirección correcta o en la única necesaria. En nuestro país, muchas veces sobran leyes, lo que falla es quién las opera y cuándo.Lo que faltan son jueces que no dejen envejecer los expedientes y autoridades que dejen claro a los desarrolladores que no tienen manga ancha.La vivienda vertical no es nuestra enemiga. Es la única manera de que Guadalajara crezca sin expulsar a los más vulnerables a la periferia. El problema no es construir hacia arriba. El problema es que, en el camino, nadie responde por lo que se derrumba abajo.Martha y Guadalupe siguen esperando. La ciudad, no.hecromg@gmail.com