Güero: “el que no oye consejo no llega a viejo; sigue los consejos de tu padre”, me decía mi papá. Y bueno, ya llegué a viejo, señal de que seguí al pie de la letra lo que me dijo.Mi generación fue una muy especial; crecí en el marco de la obediencia y el respeto, entre otros valores que me inculcaron mis papás, cuyos consejos orientaron y siguen orientando mi vida.“Obra bien y no temas”, era una de las frases más recurrentes y que siempre tenía presente en todos mis actos, obedeciendo a los dictados de mi conciencia, una conciencia auténtica, porque la sabiduría de mi mamá entraba en acción: “si haces algo mal, te remorderá la conciencia y tarde o temprano la vida te lo cobra. Pórtate bien, hijo, recuerda que hay un Dios que todo lo ve”.Una de las cosas más valiosas de nuestros padres fue habernos inculcado el amor a Dios y la devoción, algo que poco a poco se va perdiendo. Encomendarnos a Él tan pronto despertemos, ofrecerle nuestros trabajos del día y agradecerle por la noche. Recuerdo un refrán: “Es de bien nacidos, ser agradecidos”, y yo le agradezco todos los días.Las nuevas generaciones, desgraciadamente, ya no aceptan consejos. Estamos en un punto de quiebre, donde se duda de todo y cuando uno quiere decirles que “la experiencia es la madre de la ciencia”, recibimos muchas veces la indiferencia e incluso el desprecio.Pero los refranes son la sabiduría popular; los campesinos saben con asombrosa exactitud cuándo es el tiempo de la siembra y de la cosecha, si la lluvia viene hacia donde estamos o corre “pal otro lao”, fruto siempre de su experiencia por la observación continua de la naturaleza y siguiendo las tradiciones y los consejos de sus antecesores.Yo no quisiera aburrir su lectura con los dichos y refranes que conozco; además, hay muchos libros a donde usted puede acudir para conocerlos o repasarlos: los refraneros, que contienen esas perlas de sabiduría, pero quisiera enviar un mensaje a los lectores más jóvenes y a los no tanto que tienen la gracia de Dios de tener vivos a sus padres.Escúchenlos, son la voz de la experiencia. Les contaré algo y espero no aburrirlos.Cuando estaba en la Preparatoria, mis maestros de literatura, Flaviano Castañeda y Tere de Castañeda, nos tenían atareados leyendo libros: La Divina Comedia, el Poema del Mío Cid, La Odisea, El Lazarillo de Tormes, El licenciado Vidriera, La Ilíada, Fausto, Cien años de soledad y muchos otros, pero se me estaba haciendo prácticamente imposible hacerlo; no me ajustaba la noche y entraba a las siete de la mañana.Mi padre me veía muy agobiado y me dijo: “Hijo, es mejor madrugar que desvelarse, cambia tu rutina, levántate más temprano, sigue mi consejo”. No muy convencido —siendo sincero—, pero con la obediencia y el respeto a los consejos de mi padre, lo seguí. La lectura se mudó del tedio y la obligación para convertirse en actividad llena de entusiasmo y sumo interés, y empecé a devorar los libros con extrema facilidad.“El que temprano se levanta, en salud y caudal adelanta”. Cierto, desde aquellos hoy lejanos tiempos de mi juventud, tengo la costumbre de levantarme temprano y procuro no desvelarme, y mis lecturas son mucho más provechosas. Seguí su consejo.Los refranes no solo formaban parte de la conversación de mis papás; mis mayores eran los detonantes de temas e historias variadas que siempre dejaban enseñanzas, y uno debía ser como una esponjita que absorbiera todo el caudal de conocimientos, fruto de la experiencia y, claro, de la cultura de nuestros papás y maestros, y en general de las personas mayores.Quiero decirles que el respeto a los mayores era absoluto. Cuando íbamos por la calle, invariablemente cedíamos la acera e incluso bajábamos de la banqueta para cederles el paso. Imposible tutearlos, qué esperanzas; incluso muchos de nosotros les hablábamos de usted a nuestros padres, a nuestros abuelos.A veces los extraños nos daban jalones de orejas —no lo digo literalmente, claro—, pero nos reprendían y, pese a no ser nada nuestro, era una de las enseñanzas de nuestros padres aceptar la llamada de atención o la reprimenda. Era para nuestro bien.Y de cuando en vez empezaba la historia con un refrán: “Perro que no sale no encuentra hueso”, “El que anda en el peligro, en él perece”, “El que al pobre da, a Dios presta”, “El que mucho abarca, poco aprieta”, “No dejes para mañana lo que no puedas hacer hoy”.Y cada uno de esos dichos, de esos refranes, era la voz del testimonio de una historia de vida. “Dime con quién andas y te diré quién eres” y “El que entre lobos anda, a aullar se enseña”, consejos para seleccionar nuestras amistades y no dejarnos influenciar por las malas compañías.“Lo barato siempre sale caro” y “A caballo dado no se le ve colmillo”. Nos enseñaban a tener conciencia de adquirir no necesariamente lo más caro, por supuesto, pero sí a fijarnos en lo que comprábamos, porque eran cosas de dudosa calidad que pronto tendríamos que reponer y volver a gastar. También el agradecimiento cuando nos regalaban cosas, porque decía mi mamá que “no había que ser muy pagado”, es decir, actuar con soberbia. Y de cada uno de ellos se desgranaban las historias que, además de entretenidas, tenían lo mejor: extraordinarias enseñanzas de vida. El libro de los Proverbios nos resume esta experiencia: “Escucha, hijo mío, las enseñanzas de tu padre y no desprecies las enseñanzas de tu madre”.Esta página de los recuerdos cumplirá plenamente su propósito si despierta en ustedes, queridos lectores, el interés por los refranes y los dichos populares, y en el caso de los más jóvenes, como lo decía en párrafos anteriores, que sigan los consejos de sus padres; son el mejor tesoro, la mejor riqueza que tienen. No la desprecien, es un rico filón que les llenará de utilidad práctica en su vida.Bueno, sigamos disfrutando de la lectura de EL INFORMADOR, con su desayuno. Ya saben mi rutina del café y los bísquets. Aquí nos encontraremos la semana entrante, si Dios nos presta vida y licencia.lcampirano@yahoo.com