Cuenta un relato que, en una noche oscura de pantano, una luciérnaga revoloteaba. Entre las sombras se escondía un sapo que llevaba en su escupitajo un veneno mortal. Inflamado al contemplar la luz del insecto, el sapo escupió. Mientras la luciérnaga recibía el golpe, preguntó: “¿Por qué me escupiste?”. —Porque brillas.Este relato y muchas otras reflexiones se encuentran en Envidia, de Francisco Ugarte Corcuera. Resulta casi incómodo sostener el libro entre las manos. La portada roja, con letras negras contundentes, parece señalarte. ¿Quién quiere verse asociado con el más mezquino de los defectos?Sacerdote desde 1980, el P. Ugarte ha escuchado innumerables confesiones. Reconoce que la envidia es difícil de admitir por una razón muy simple: desnuda la propia pequeñez. Otros pecados se maquillan: la ira de valentía y coraje; la vanidad de autoestima. Pero la envidia no tiene narrativa heroica, solo revela insuficiencia.Se habla poco de ella y puede ser difícil de reconocer, aunque convivamos con ella todos los días. Se diferencia de la codicia. No solo quiero lo que tienes. Ese sueldo, esa casa, esas vacaciones no las deseo para mí. Quiero, para que el mundo se equilibre, que tampoco las tengas tú. Ahí comienza la podredumbre, y nadie está exento de esa reacción primitiva.Entristecerse por el bien ajeno y alegrarse por su mal instala en el alma una amargura corrosiva. Y, paradójicamente, el envidiado casi nunca es quien más sufre. Salvo la pobre luciérnaga, la luz sigue brillando. Es el envidioso quien bebe el veneno que escupe.Según explica el autor, con un lenguaje sencillo entretejido con frases de filósofos, doctores y santos, entre los remedios para este doloroso mal se encuentra la gratitud. La gratitud obliga a mirar hacia adentro y contar bendiciones. A ocupar la mente con lo que sí es, en lugar de obsesionarse con lo que no es. Aquel que tiene el corazón lleno de agradecimiento no encuentra más espacio para la envidia. El envidioso desperdicia su tiempo revisando el verdor del pasto vecino sin regar el propio. Se consume midiendo logros ajenos sin construir los propios. Se inmoviliza.En México solemos recurrir a la imagen de la cubeta de cangrejos: uno intenta salir, pero los demás lo arrastran hacia abajo. Se ha dicho que eso es mediocridad cultural. Tal vez no. Tal vez sea algo más incómodo: la incapacidad de tolerar que alguien brille más que nosotros.La envidia no solo deteriora al individuo. Empobrece comunidades enteras. Una sociedad incapaz de celebrar el éxito ajeno termina castigando el talento. Cuando el talento se castiga, se instala el resentimiento: la sospecha hacia quien destaca y el disgusto permanente con quien lo hace de manera natural. Porque es más cómodo desacreditar que esforzarse.Ahí es donde el pecado reservado para el confesionario se desborda para impregnar el clima cultural. Y un clima así no produce grandeza, sino mediocridad defensiva. Quizá por eso vale la pena leer Envidia, de Francisco Ugarte Corcuera. No para detectar la mezquindad ajena, sino para reconocer la propia. Porque mientras no aprendamos a convivir con la luz del otro, seguiremos escupiendo hacia arriba, pensando, ingenuamente, que el gargajo le va a caer al otro.@luciachidan